REUNIÓN DE LAS FUERZAS
El 21 de septiembre, aún antes de la victoria de Angamos, zarpó de Valparaíso al norte un convoy que llevaba 4.500 hombres. El 12 de octubre se embarcó otro contingente, en tres transportes escoltados por la “Magallanes”. Conducía 2.000 soldados más. De esta manera, en noviembre las fuerzas chilenas en Antofagasta sumaban ya 16.500 soldados efectivos. En el centro quedaban 2.000, y guarneciendo la frontera de Arauco, otros 2.000. El ejército de Antofagasta se dividió en dos: 9.500 hombres formaron el ejército expedicionario al mando del General Escala, y los restantes 7.000, al mando del general Villagrán, quedaban en el puerto para completar su instrucción, y posteriormente, ser llevados a Pisagua para aumentar el ejército de operaciones y reponer las bajas.
Según el general Cáceres, las fuerzas aliadas peruano-bolivianas en Tarapacá, mandadas por el general Buendía, en la misma fecha ascendían a 11.000 plazas, excluyendo policías y milicias. 4.000 eran peruanos y 7.000 bolivianos, y entre ellos había 185 artilleros y 1.000 de caballería.
Los efectivos bolivianos, cuyo general en jefe era el Presidente Daza, venían del altiplano desnudos, sin armas, sin equipo y sin dinero. Además estaban totalmente desmoralizados, echaban de menos su tierra y sus mujeres, que en las operaciones militares en su país les acompañaban, les atendían y les cocinaban. El erario peruano tuvo que atender las necesidades económicas del aliado, pero los recursos escaseaban ante la monumental tarea de la campaña marítima, la formación de un ejército de reserva en Lima, y de la organización de la primera línea en Tarapacá.
Buendía distribuyó al fuerte de sus fuerzas en Iquique y alrededores, unidos por ferrocarril y con abundante agua. Lo reforzaba la caballería boliviana. Setenta kilómetros al sur, defendiendo Patillos, estaba la división boliviana de Villegas; y a cargo de Pisagua y caletas vecinas, cien kilómetros al norte, los bolivianos de Villamil, unos 1.900 hombres, reforzados por 500 peruanos, artilleros y cívicos de Arequipa y otras localidades. En Monte Soledad, al extremo sur de Tarapacá, y en previsión de un poco probable avance del batallón chileno del coronel Lagos, se destacó una pequeña columna de 300 hombres, que luego se reforzó hasta constituir una división de 1.500 soldados.
Sin medios adecuados de movilidad, estas fuerzas no podían complementarse ante el asalto chileno. De esta manera, el contingente principal, en Iquique, no podía auxiliar los extremos en Patillos o Pisagua en caso necesario. Además la moral del ejército aliado de Tarapacá estaba muy deteriorada.
2 DE NOVIEMBRE DE 1879: EL DESEMBARCO
Decidido el ministro Rafael Sotomayor a ocupar Iquique, debía encontrar una caleta donde desembarcar. Ésta debía estar al norte de la ciudad, para evitar la conjunción de los ejércitos de Iquique y Tacna, y alcanzar a batirlos por separados. El lugar más adecuado era Pisagua, donde se resolvió dirigir el asalto principal. Por presiones políticas del gobierno y la opinión pública, Sotomayor tuvo que admitir un segundo desembarco veinte kilómetros al sur, en Junín, lugar muy inadecuado por lo estrecho y malo del mar.
El embarque del ejército se llevó a cabo entre 17 y el 28 de octubre. Constaba de 9.500 plazas, 850 caballos y una importante impedimenta, en 15 transportes. A última hora Sotomayor decidió enviar 4.900 hombres a Pisagua, 2.100 a Junín y dejar 2.500 a bordo, en reserva. Se confió el comando de la operación al ex comandante del “Cochrane”, capitán de navío Enrique Simpson; y al coronel Sotomayor, hermano del ministro, la dirección del desembarco en tierra.
El plan consistía en que el convoy llegara a Pisagua antes del amanecer del 2 de noviembre, y la escuadra comenzara el bombardeo a las 4 AM. Pero Thompson no pudo cumplir estos plazos, y apareció frente a Pisagua con el convoy a las cinco de la mañana.
Defendían Pisagua dos cañones de cien libras, ubicados a 6 mil metros uno del otro, de tal manera que cubrieran toda la rada, cruzando sus fuegos.
Las fuerzas de Villamil estaban distribuidas de la siguiente manera: los batallones "Victoria" e "Independencia", 900 soldados en conjunto, más 500 peruanos, guarnecían Pisagua. En Agua Santa, a cincuenta kilómetros por tren hacia el interior, estaban el cuartel general y el batallón "Vengadores", con 500 hombres; y en Mejillones de Perú, 30 kilómetros al sur de Pisagua, el batallón "Aroma" con otros 500 soldados. Junín estaba desguarnecido, porque se creía imposible un ataque por ese sector.
Pisagua es una bahía rodeada de empinados cerros. El plano es muy angosto, de apenas un par de cientos de metros. Las alturas que encierran al poblado se han comparado con un edificio de varios pisos, el cual es necesario ir ocupando nivel por nivel. Esta cuesta es muy empinada, y su tierra suelta dificulta el avance. Un tren comunicaba el puerto con Agua Santa, un pozo de agua abundante, en la pampa.
A las siete de la mañana de ese 2 de noviembre, ya plenamente advertida del ataque la defensa, Condell, con la “Magallanes” y la “Covadonga”, abrió fuego sobre el fuerte norte, el cual sólo alcanzó a efectuar un disparo, porque fue inmediatamente puesto fuera de combate por el fuego naval chileno. Un cuarto de hora después, Latorre, quien mandaba al “Cochrane” y a la “O’Higgins” abrió fuego, a su vez, sobre el fuerte sur, que quedó silenciado antes de las ocho, por muerte o fuga de su personal y desmonte del único cañón que lo servía.
Latorre dio la señal para que se iniciara el desembarco, pero cometió el error de suspender el fuego sobre las defensas de la plaza y el camino de zigzag que subía los cerros, lo que facilitó la defensa.
El desembarco empezó tarde, a las diez. Con la suspensión del fuego de la Escuadra, la defensa pudo organizarse, parapetándose en los peñascos de la playa y en las posiciones cavadas en el cerro. La primera oleada, apenas organizada en medio del desorden de la operación, consistía en 450 hombres, la mitad de lo planeado. En uno de los 17 botes iba el coronel Sotomayor. El fuego peruano-boliviano sobre los botes que se aproximaban fue vivísimo, y causó muchas bajas entre la tropa y los remeros. De haber sido mejor las punterías, podrían haber rechazado el desembarco en esa temprana fase. Los soldados chilenos respondieron el fuego desde los botes, y se lanzaron a tierra con el agua a la cintura. Los oficiales muy luego lograron organizarlos, y poco a poco fueron avanzando. Tres cuartos de hora después llegó la segunda oleada, y poco después la tercera, con lo cual los invasores ya tenían la superioridad numérica. Los defensores, arrollados en la playa, empezaron a remontar la alta barranca que rodea Pisagua, y a hacer un mortífero fuego desde el camino.
Latorre comprendió su error y reanudó el bombardeo sobre los cerros y el puerto. Los depósitos de carbón y salitre ardieron, con lo que el enemigo tuvo que abandonar el pueblo. El fuego de la Escuadra lo persiguió en su retirada hasta que las tropas chilenas empezaron a subir los cerros a su vez, en su persecución. El ascenso fue penosísimo, por un camino empinado, arenoso y difícil, pero aún así hacían estragos en el enemigo, que huía hacia lo alto.
A las tres de la tarde el teniente Torreblanca, del regimiento "Atacama" clavaba la bandera chilena en Hospicio, en lo alto de los cerros que rodean Pisagua, en la entrada a la Pampa.
Los generales Buendía y Villamil, y el coronel Granier, se habían retirado en la mitad del combate.
Las bajas chilenas ascendieron a 58 muertos y 173 heridos; las de los aliados, a unas 200, sin contar los heridos leves y contusos. El resto de las fuerzas peruano-bolivianas huyeron, sembrando el pánico y el desconcierto. Granier sólo pudo reunir 230 hombres del “Victoria” y 24 del “Independencia”.
El desembarco en Junín fue muy difícil. El único desembarcadero, de sólo 40 metros de ancho sobre altos cerros rocosos, estaba batido por un mar que no permitía la aproximación de los botes. Después de cuatro horas, y sin enemigos a la vista, todavía Lynch no terminaba de desembarcar las tropas. Una vez en tierra, en su marcha a Pisagua, se perdieron en la noche. Llegaron a su destino a la mañana siguiente, cuando todo estaba definido.
“El asalto a Pisagua fue algo más que una barbaridad sublime, como dijo un jefe inglés; fue una hábil concepción estratégica, tácticamente basada en la aplastante superioridad material y moral de las tropas chilenas sobre la guarnición peruano-boliviana, que hizo a Chile dueño de Tarapacá desde el momento del desembarco” (Encina).
CONSECUENCIAS: CONQUISTA DE TARAPACÁ
El comando aliado resolvió juntar las fuerzas que tenía en Arica con las de Iquique en un punto intermedio, para intentar expulsar a los chilenos. Con este fin, Daza marchó al frente de las tropas bolivianas desde Tacna hacia el sur, para reunirse con los peruanos que por su lado avanzaban rumbo al norte desde Iquique. Sin embargo, en la quebrada de Camarones se negó a seguir adelante, regresando con sus tropas al punto de origen.
El Ejército de Chile, por su parte, desde Pisagua y Hospicio empieza a consolidar sus posiciones, ocupando la pampa. Luego de la victoria de Vergara en Germania, intercepta el camino de los peruanos, al mando de Buendía, derrotándolos otra vez en Dolores. Pese a su triunfo en la quebrada de Tarapacá, el ejército peruano se desbanda, una parte volviendo a duras penas a Arica y Tacna, y la otra perdiéndose. Los chilenos quedan dueños del campo. El ejército ha conquistado para siempre la rica provincia de Tarapacá a costa de su sangre.
Desde entonces, y en recuerdo del primer desembarco anfibio orgánico del mundo, el 2 de noviembre se celebra el día de los ingenieros militares chilenos.
En palabras de Vicuña Mackenna “los resultados estratégicos de la ocupación de Pisagua fueron incalculables, y a la verdad ellos habrían valido el doble y el triple de nuestros sacrificios, si éstos hubieran sido necesarios. La puerta del Perú había sido sacada de sus goznes, y arrojada a las arenas del desierto. La línea enemiga fue cortada en su centro. Aislado el campo de Arica y el de Iquique, uno y otro quedaron a nuestro alcance y el último irremisiblemente perdido”.