sábado, 7 de julio de 2007

LA INMORTAL GESTA DE LA CONCEPCIÓN



Este año es el aniversario número 125 de la batalla de La Concepción, donde, como ya es sabido, 77 chilenos entregaron sus vidas a la Patria. Lamentablemente, el Pueblo parece ya haber olvidado a sus héroes, y se ve siempre más interesado en el último escandalillo de la modelo de turno, o, los más intelectuales, en el guarismo inflacionario del mes. Materia sobre espíritu. No en vano vivimos en una pesada edad del hierro. Sin embargo, hemos querido recordar la gesta del Capitán Ignacio Carrera Pinto y sus hombres de la 4ta. Compañía del Chacabuco en la sierra peruana, porque ella es un testimonio imperecedero de valor y lealtad que no puede ser olvidado.
LA SEGUNDA EXPEDICIÓN A LA SIERRA
Luego de las cruentas victorias en Chorrillos y Miraflores, en enero de 1881, la victoria parecía haberse alcanzado. Los ejércitos peruanos habían sido despedazados, y la paz estaba pronta a firmarse. La atención del país se fijó en otros menesteres: la guerra había terminado.
Sin embargo, esto no podía estar más alejado de la realidad. Si bien es cierto habíamos destrozado al ejército peruano, todavía quedaban fuerzas más o menos considerables en el interior; y sólo se había conquistado la angosta costa del país enemigo. Hacia el oriente, protegida por altísimas cadenas montañosas, se encontraba la sierra, una región independiente y difícilmente accesible, que albergaba tres focos de tozuda resistencia bajo caudillos diferentes: Iglesias en el norte, en Cajamarca, Cáceres en el centro, en Junín, y Montero en el sur, en Arequipa, que podía fácilmente enlazar con las fuerzas bolivianas.
Apenas asumido el Presidente Santa María, y contra la opinión del Congreso, le impone al mando militar la indispensable expedición a Junín. Sólo acabando con la resistencia serrana, Chile podría hacer entender a los caudillos peruanos que su país estaba vencido. Aunque éstos, en el fondo, entendían perfectamente la situación, no se atrevían a reconocer la derrota y firmar la paz, con las duras condiciones que se les exigía desde Santiago, por temor a las consecuencias personales que este necesario paso podía acarrearles. Cada día que la guerra se extendía hundía más al Perú en la miseria. Sólo un valiente y realista reconocimiento de la situación podía dejar atrás la enfermedad, e iniciar el lento proceso de convalecencia que podría llevar a la regeneración del país. Pero en esta época, no se veía ningún estadista peruano capaz de acometer esta ingrata y, ciertamente, incomprendida empresa.
Las fuerzas chilenas, al mando del Almirante Patricio Lynch y del Coronel Gana, intentan, en enero de 1882, encerrar a Cáceres en su posición de Chosica. Pero éste se les escabulle, y escapa hacia el interior de Junín. Lo que sigue será una inútil persecución del líder peruano y sus fuerzas por todo el valle del río Mantaro. Ahora bajo el mando del Coronel Del Canto, el ejército chileno, bastante reducido en recursos y en hombres, no puede sorprender a los peruanos. Pese a algunas pequeñas victorias, nunca alcanza a enfrentarse al grueso del enemigo, que finalmente logra salir, por un estrecho desfiladero, hacia Ayacucho.
Tras algunos meses de ocupación, la situación de los chilenos en el Mantaro se torna muy difícil. Los "batallones olvidados" apenas sobreviven. El clima adverso, muy frío, las enfermedades, la difícil geoegrafía y la carencia de vituallas sumen a los nuestros en una situación muy peligrosa. En su retirada, los caballos tendrán que comerse la paja del techo de las chozas, y los soldados, que deben pernoctar a la intemperie, soportando la lluvia y la nieve, obtienen el fuego con que poder calentarse y cocinar de las tablas de esas mismas casas. En determinado momento, Del Canto se ve forzado a reconocer, impotente, que no le queda más "que reses y un quintal de sal que durará hasta mañana, no teniendo absolutamente otros víveres..." Los soldados apenas tienen con qué cubrirse, y calzan ojotas. No olvidemos que de las bajas totales de esta campaña, 564 hombres, el 70% se debe a las enfermedades, las deserciones y el frío. Además, no se ha logrado el objetivo, aniquilar a las fuerzas de Cáceres, a quien, dada su habilidad para moverse por las montañas, se le ha apodado "el brujo de los Andes". Tan peligrosa es esta exposición de las fuerzas chilenas en la sierra, que a principios de julio se decide la retirada a Lima. Pero Cáceres, otra vez fuerte en su reducto ayacuchano, se entera de estos planes y urde un audaz plan para aniquilar a la I división de Del Canto.
El valle del Mantaro es una verde y rica región agrícola enclavada sobre los tres mil metros de altura. Está enmarcado por altas montañas de muy difícil tránsito. El paso que conduce a Lima está a cinco mil metros. Hacia el norte, hacia el valle del Huaraz, las dificultades no son menores, y hacia el sur, en dirección a Ayacucho, tampoco. Se puede decir que esta zona del Mantaro es una ratonera. Por lo tanto, si Cáceres lograba cerrar la única salida a Lima, en La Oroya, Del Canto estaría encerrado, y, dado el calamitoso estado de sus fuerzas, arriesgaba peligrosamente su aniquilamiento.
Antes de la llegada de los españoles el valle estaba habitado por los indios huancas, enemigos ancestrales del invasor inca. Por eso, no le fue difícil a Pizarro concertar una alianza con ellos, que le ayudó mucho en la conquista del Perú. A cambio, los huancas conservaron la tenencia de la tierra, que sus descendientes mantienen hasta hoy, organizada en pequeñas propiedades. Este hecho favoreció la salvaje reacción de los indios, azuzados por el clero de la zona, que, ante la invasión chilena, y a diferencia de lo ocurrido en otras partes del país, se lanzó a defender sus derechos con la convicción de quien pelea por lo propio, y no tan sólo resignados frente a un deber impuesto y vagamente sentido.
Pues bien, al enterarse Cáceres de la apresurada retirada chilena, decide actuar con premura. Identificó hábilmente el punto débil de las fuerzas de ocupación. Este estaba en el centro del dispositivo chileno, en el pequeño pueblo de La Concepción, que era guarnecido por las disminuidas 2da. y 5ta. compañía de infantería del regimiento Chacabuco, al mando del Capitán Nebel. Entonces, encargó al Coronel Gastó, fuerte en unos cuatrocientos soldados de línea, caer sobre los chilenos y rendirlos o destrozarlos. A su lado marcharían las guerrillas indígenas del sanguinario Ambrosio Salazar, rico hacendado de la zona, quien mandaba a unos mil quinientos enardecidos hombres. Una vez partidas las fuerzas chilenas en dos, podrían ser fácilmente aniquiladas por separado. El coronel Tafur fue encargado de atacar el norte, en Tarma, cerrando de esta manera la salida por La Oroya, y el propio Cáceres, con el grueso de las fuerzas, avanzaría sobre Pucará, Marcavalle y Huancayo, al sur. Los fugitivos de unos meses atrás se convertían, así, en perseguidores. El ataque simultáneo a los tres puntos del ejército de ocupación chileno le impediría a éste destacar fuerzas en auxilio de los sectores amagados. Encerrados en el valle, sin posible comunicación con la costa, aislados de todo auxilio e imposibilitados de escapar, Del Canto y sus hombres se verían condenados a la destrucción. El plan era impecable, pero Cáceres no consideró un aspecto esencial: el inconmensurable valor y honor del soldado chileno, en todo muy superior al peruano. Este "detalle" haría fracasar su osada operación.
Del Canto tenía todo preparado para iniciar la retirada el 9 de julio. El ejército abandonaría Huancayo, en el extremo sur chileno, con el grueso de las fuerzas, y avanzaría hacia el norte, hasta llegar a La Oroya, y poder, desde ahí, trasponer la cordillera y llegar a salvo a Lima. En su recorrido iría incorporando los pequeños destacamentos que guardaban los pueblos del valle. Pero cuando tenía todo listo para partir, las fuerzas que estaban en Marcavalle, custodiando el paso hacia Ayacucho, no aparecen. Pronto se enteraría del ataque peruano. Obligado a rechazarlo, debe empeñarse en un combate que retrasa su partida en un día.
En La Concepción, las fuerzas de Nebel, demasiado gastadas por las enfermedades, habían sido relevadas por la 4ta. compañía del Batallón Chacabuco 6to. de Línea, que durante el combate estaría al mando de los oficiales Ignacio Carrera Pinto, Arturo Pérez Canto, Julio Montt Salamanca, y Luis Cruz Martínez. En total, y sin incluir a éstos, 61 hombres en estado de combatir, y doce enfermos, uno de ellos un soldado del Lautaro. Acompañaban a estos hombres tres mujeres, una de ellas en avanzado estado de preñez, y un niño.
Esperaba el Capitán Carrera Pinto a la columna chilena que iba a salir de Huancayo esa misma mañana, para llevarlos al norte, cuando sus hombres le hacen notar la concentración de fuerzas enemigas en los cerros que cierran el pueblo por el septentrión. Ordena la reunión de sus tropas, y aparecen los convalecientes, con Montt entre ellos. Intenta reprenderlos por haber abandonado la enfermería, pero se le replica que ellos también querían participar de la batalla. Es el primer indicio de coraje esa tarde en La Concepción. Para gloria de Chile, no sería el último. Sin demora, distribuye a sus fuerzas en la plaza del pueblo, en cuatro barricadas que guardaban las entradas por cada una de las esquinas.
Si lo descrito anteriormente debe añadirse a las páginas donde el soldado chileno demostró su estoica serenidad ante la adversidad material y el sufrimiento, asistiremos, ahora, a una de las epopeyas militares más dignas de admiración de nuestra historia, el glorioso combate de La Concepción.
EL COMBATE DE LA CONCEPCIÓN
El Coronel Gastó envió un emisario con una intimación de rendición que decía: "Contando, como usted ve, con fuerzas muy superiores en número a las que usted tiene bajo su mando y deseando evitar una lucha a todas luces imposible, intimo a usted rendición incondicional de sus fuerzas, previniéndole que, en caso contrario, ellas serán tratadas con todo el rigor de la guerra. Dios guarde a usted."
El Capitán Carrera no titubeó ni un segundo, y le respondió: "En la capital de Chile y en uno de sus principales paseos públicos, existe inmortalizada en bronce la estatua del prócer de nuestra Independencia, General don José Miguel Carrera, cuya misma sangre corre por mis venas; por cuya razón comprenderá usted que ni como chileno ni como descendiente de aquél, deben intimidarme ni el número de sus tropas ni las amenazas del rigor. Dios guarde a usted." Esta escueta comunicación, de hermosa y poética prosa, no fue el alarde artístico de un propagandista sentado a su cómodo escritorio. No. Rodeaban al oficial chileno miles de enemigos. Su respuesta significaba la muerte, pero no dudó. En sus venas corría la sangre del indómito General Carrera. Sobre su cuartel flameaba la invicta bandera chilena. El honor y la lealtad pudieron más que sus naturales temores.
El vigoroso ataque se inició con una carga de las masas de indios, que la disciplina militar de los chacabucanos rechazó sin piedad. Luego cargaron los infantes de Gastó, y la batalla se prolongó por horas. Los defensores, pese a las bajas que provocan en el enemigo, lentamente van siendo superados en sus posiciones por la enorme superioridad material de los atacantes. Pero no olvidan sus glorias, ni el batallón al cual pertenecen. El mismo que soportó la parte más dura de la batalla de Chorrillos, el asalto al Morro Solar, donde Carrera participó de la toma sucesiva de siete trincheras enemigas, y después del cual obtuvo una mención especial en la orden del día. En esa batalla, el Chacabuco fue la unidad que más bajas sufrió. Ahora, Carrera Pinto se ve obligado a abandonar las barricadas en las esquinas de la plaza, y busca nuevas posiciones al interior de ésta. Pero muy luego debe ordenar un nuevo repliegue hacia el cuartel y las casas adyacentes, en busca de protección. Es en este momento, mientras el cerco se cerraba cada vez más, en que decide pedir ayuda a las fuerzas de Del Canto, en Huancayo, distante unos veinticinco kilómetros al sur. Elige tres emisarios, y junto a una veintena de soldados, sale del cuartel para despejarles el camino. A duras penas logran abrir una brecha por donde salen los mensajeros. Al intentar volver, Carrera es herido en un hombro. Aún así, no abandona el combate. Al poco rato los chilenos ven que los emisarios han sido muertos, y que los indios los han descuartizado y puesto sus cabezas en las puntas de sus lanzas, que agitan alegre y horriblemente en una danza macabra. Dentro del cuartel, la determinación se torna fanática: se combatirá sin piedad, hasta el último hombre.
Cae la noche y, pese a que las municiones empiezan a escasear, la resistencia no decae. Entonces, los peruanos, que ya han empujado a los chacabucanos al interior del cuartel, los fusilan desde los tejados de la iglesia y las construcciones vecinas. Al no lograr quebrantar la espartana resistencia, deciden prenderle fuego al edificio. Los defensores, ahora, totalmente rodeados y amenazados por las llamas, al mando de su capitán Ignacio Carrera Pinto, practican una salida más para despejar el perímetro. Será la última para el valiente comandante de la 4ta. compañía. Una bala sega su joven vida de 34 años.
Durante la noche, el enemigo intenta abrir forados en las murallas del cuartel, para introducirse por ahí. La infantería chilena tuvo que defenderse con todos sus bríos para poder rechazar los ataques, que provenían de todos lados, en una estrecha construcción que ya ardía por completo. Con los cuerpos de los propios enemigos muertos taponan las entradas abiertas en los muros por los peruanos. Aunque los chilenos lograron conservar su posición, obedeciendo al artículo 21 de la Ordenanza General del Ejército, que impone: "El militar que tuviere orden de conservar su puesto a toda costa, lo hará", sus bajas fueron numerosas. Para complicar aún más las cosas, una de las mujeres que acompañaba a los soldados dio a luz esa misma noche.
Al amanecer ya no quedaban sino unos ocho defensores, más las tres mujeres y los dos niños. El Subteniente Julio Montt había caído. Como reinaba el silencio más absoluto, los peruanos creen que todos los chilenos estaban muertos. Gastó manda a un oficial para que lo comprobara, pero cuando se acerca, un soldado lo mata con la última bala que le quedaba a los nuestros. Esto provoca un furioso ataque, que es respondido por Pérez Canto con un asalto a la bayoneta al mando de los hombres que quedaban. Cuando el enemigo está a unos veinte pasos, salta con los suyos, gritando: "A la carga, valientes del Chacabuco!" El avance logra ralear algo más las filas peruanas, pero el Subteniente Pérez Canto, con un par de camaradas, dejan la vida en el intento.
El Subteniente Luis Cruz Martínez, de sólo dieciséis años, logra refugiarse en el cuartel, ya consumido por las llamas, junto a cuatro soldados. Son las nueve de la mañana del 10 de julio de 1882. Llevan diecinueve horas seguidas peleando, pero su espíritu no ha decaído un momento. Saben que les ha llegado la hora, pero sólo pueden pensar en vender caras sus vidas, y en mantener su dignidad, sin rendirse ni humillar la Bandera. Luego de encomendar sus almas al cielo, y de despedirse de las mujeres, deséandoles la mejor suerte después del combate, carga por última vez. Es una escena asombrosamente increíble: cuatro soldados, mandados por un joven oficial, casi un niño, con nada más que sus bayonetas y un indomable espíritu en ristre, atacando a una turba de miles de indios y centenares de soldados que los rodeaban. El Coronel Gastó, conmovido, les grita: "Chilenos, ríndanse! Ríndanse y les perdonamos la vida!". Pero Luis Cruz Martínez, el león curicano, pese a su inexperiencia, es un valiente que no traicionará a su Patria. Siguiendo el ejemplo de Prat, Ramírez, Torreblanca y San Martín, de su Capitán Carrera y sus camaradas ya muertos, no vacila en responder: "Los chilenos no se rinden nunca!". Luego se volvió a sus soldados y les ordenó vigorosamente: "Soldados del Chacabuco, a la carga!".
Ese postrer ataque no fue contra las masas de peruanos, en la plaza del inmortal pueblo de La Concepción, sino contra las legiones de ángeles que guardaban las puertas del Paraíso. Luis Cruz Martínez, esa mañana, logró forzar la entrada y reunirse, ahí, en el Olimpo, con sus camaradas.
Cuando, un par de horas después, arriba el grueso del ejército, mandado por Del Canto, la salvaje carnicería queda al descubierto. En la plaza yacen los cuerpos de soldados y oficiales, horriblemente mutilados y vejados, colocados en posiciones indecentes. También están, entre los muertos, las tres mujeres, y aún los dos niños. La indignación y el odio cunde en los chilenos. Del Canto ordena perseguir a los indios, y exterminarlos ahí donde se les encuentre. El resto del día las fuerzas chilenas se ocuparán en vengar a sus mártires. En la iglesia del pueblo se enterraron los cuerpos. Para evitar profanaciones, fue rociado con parafina e incendiado. De esa manera, sus ruinas protegerían a nuestros héroes en su descanso eterno. Los corazones de los cuatro oficiales fueron rescatados, y preservados para ser enviados a Chile. Hoy reposan en la catedral de Santiago.
"Muere, pero salva a tu hermano", se dijo alguna vez en una situación parecida. Más allá del honor militar, la resistencia aparentemente inútil de los valientes del Chacabuco prestó un inestimable favor a la retirada del grueso de la I División. Las veinte horas de resistencia y las bajas provocadas en el enemigo clavaron a Gastó y sus tropas en La Concepción, viéndose así imposibilitado de atacar otros sectores.
En el norte, el Coronel Tafur no tuvo éxito en su ataque a Tarma, con lo que la salida a Lima permanecía abierta. En el sur, Cáceres tampoco logró vencer a Del Canto en Huancayo, quien logró salir de la ciudad con su diezmado ejército. Lo que sigue, es una penosa retirada, digna de los Diez mil de Jenofonte, en que, como lo reconoció el coronel Del Canto, el principal obstáculo no fue el enemigo, sino los elementos. A finales de ese mes de julio estaban de regreso en Lima. La misión estaba cumplida: el Ejército del Centro se había salvado.
Cuando, exactamente un año después, las fuerzas de Cáceres fueron finalmente sorprendidas en Huamachuco, y vencidas en la batalla por Gorostiaga, no hubo piedad con los abundantes prisioneros. Entre ellos estaban los asesinos de Carrera Pinto y sus hombres, los responsables de esa salvaje masacre.

lunes, 2 de julio de 2007

CHILE, NACIÓN VERNÁCULA

Es un error identificar a Chile, como idea, con las tribus de indios que vivían aquí hace más de cuatro siglos. O supina ignorancia. Incluso sostener que nuestra Nación es la continuación histórica de aquellas hordas, como perfectamente puede decirse de Inglaterra con respecto de los sajones y los anglos, de Italia con los romanos, y de Alemania con los germanos. El rubio abogado que hoy vemos caminando por Fleet St. es el mismo bárbaro que hace quince siglos quemaba iglesias y asesinaba monjes en sus depredaciones a lo largo del Támesis.

ANTECEDENTES RACIALES DEL PUEBLO CHILENO

En el caso chileno, tenemos dos aspectos del asunto: el racial y el cultural. En cuanto al primero, nuestro Pueblo, hoy, claramente es un mestizaje predominantemente blanco. ¿Qué tanto? Depende de la clase social a la cual nos refiramos. Pero a nivel general, nacional, podemos establecer que todos los chilenos –excluyendo tal vez a algunos pocos miles de aymarás perdidos por las regiones andinas del norte, y los pascuenses- tienen en sus venas sangre europea, muy principalmente española. Puede que otros individuos, más o menos aislados, o algunos grupos, como judíos y palestinos, también escapen a esta premisa, pero son más bien la excepción a la regla, y no influyeron en la constitución de nuestro Pueblo. Como cifras aproximadas, podemos adoptar las siguientes proporciones en nuestra constitución racial: un grupo europeo puro del 3% del total de la población; otro, europeo con sangre indígena ya muy lejana o imperceptible, 30 % del total; un sector con aportes aún predominantemente europeo, pero con evidente influencia amerindia, 40 %; y un último grupo con preponderancia genética indígena, pero todavía con apreciable cantidad de sangre blanca, que representaría algo así como el 25% de nuestra población.
Esta realidad de un mestizaje predominantemente blanco nos diferencia de nuestra matriz paterna, España, y de América Latina. En Chile suele omitirse la herencia indígena, que sin embargo salta a la vista por todos lados. Para quienes suelen representarse a Chile de esta manera, seríamos algo así como un pequeño país europeo perdido en el sur de América, unos expatriados entre la cordillera y el mar. Exageran, incluso, algunas características nórdicas de nuestro clima, resistiéndose a aceptar lo evidente, que vivimos en una zona mediterránea –hablo del Chile antiguo, tradicional, del que va de La Serena a Concepción, que fue el que modeló nuestra idiosincrasia.
Por el otro lado, se desconoce el aún más indiscutible aporte europeo. Se habla de “mapuches”, cuando claramente puede verse en ellos a individuos mestizos, no pocas veces de herencia mayoritariamente española.
A diferencia de lo que ocurre en casi toda América Latina, Chile tiene, en líneas generales, una raza homogénea: ciertamente mucho más blanca en las clases superiores y aún en las medias, pero, a nivel nacional, básicamente una y mestiza. En países como Perú, Bolivia, México o Ecuador, suelen verse dos grupos. Uno, ampliamente mayoritario, indio, y otro, muy reducido, europeo, básicamente español. Estos segmentos, por estructura cerebral, son totalmente diferentes y absolutamente incapaces de verdadero entendimiento y solidaridad. Desde luego, también existe entre ellos el mestizaje, pero no está tan extendido como en Chile, y el aporte europeo en él es mucho menos importante. De ahí la debilidad de las clases medias en esos países. Argentina y Uruguay son, racialmente, realidades que bien podrían considerarse europeas. La Enciclopedia Británica daba, para Argentina, hace unos ochenta años, un 80% de sangre de tal origen. La inmigración, principalmente italiana, cambió radicalmente la estructura racial de ese país en muy pocos años: entre 1900 y 1920 entraron a Argentina 3 millones de italianos, a una población más o menos equivalente, tal vez algo menor.
En suma, genéticamente, Chile no es un país europeo ni indígena, sino mestizo. Como slogan, podríamos adoptar “Chile es chileno”. Ni españoles, pese a que ellos nos hayan dado el ser, ni latinoamericanos, con quienes, pese a todo, tenemos tanto en común.

UN POCO DE HISTORIA

Para comprender íntimamente nuestro ser tendremos que recordar algunos de los hitos más importantes de nuestra historia colonial. Al llegar Valdivia, el Conquistador, a lo que después se entendería como Chile, los españoles se encontraron rodeados por unos 800 mil indígenas, que pese a hablar la misma lengua, el mapuche, jamás formaron, ni se vieron a sí mismos como parte de, un Pueblo. Eran, sencillamente, infinitud de tribus, independientes y ajenas unas de otras, e incluso frecuentemente en guerra entre sí. Los araucanos, incluso, eran un grupo exógeno, un invasor extranjero totalmente ajeno a los indios con que se toparon los Conquistadores en la zona central y al sur del Toltén. Se instaló en su lugar de asentamiento, que hoy pasa por secular, la Araucanía chilena, apenas unos cincuenta años antes de la llegada de Valdivia, proveniente de las llanuras que al presente forman la Patagonia argentina. Fue tanto o más invasor que el español, usurpó más tierras, probablemente mató más, y robó más mujeres a los vencidos que el castellano.
Tan poca solidaridad había entre las diferentes tribus de indios, que el triunfal asalto de Lautaro a Santiago, en 1564, fue abortado gracias a la ayuda de los picunches aliados a los españoles. Fueron estos indígenas quienes sorprendieron el refugio del caudillo mapuche, y quienes se lo comunicaron a sus “opresores”. Juntos exterminaron a la banda de guerreros araucanos ahí sorprendidos y a su mítico líder. Los indios amigos, entre los cuales muchas veces se incluían mapuches, marchaban junto a los Conquistadores en todas las expediciones militares que éstos llevaron a cabo en la Araucanía por más de cien años. Especial afición tenían los picunches a estas campañas, donde a menudo podían matar, robar y secuestrar mujeres a su antojo.
El mismo Pueblo mapuche nunca formó una Nación. Ni fue una unidad política. Ante la invasión española, las diferentes tribus vieron estimulada su solidaridad racial y se unieron ante el peligro común, deponiendo sus usuales guerras entre ellos mismos, como lo hicieron las hordas célticas en Inglaterra cuando Julio César desembarcó en los blancos acantilados del Canal de la Mancha, exactamente por el tiempo necesario para conjurar la amenaza. Una vez desaparecida ésta, volvían a su vida independiente y atomizada. Las iniciativas mapuches de involucrar a los otros indios en una guerra común contra el intruso no siempre tuvieron éxito.
El español conquistó rápidamente, y para siempre, al indio picunche que vivía en la zona central. Después de la derrota de Michimalonco en la plaza de armas de Santiago, en septiembre de 1541, veremos a este importante caudillo, acompañado de sus guerreros, demostrar particular valor en las campañas de los castellanos en el sur. El natural que vivía entre el Maule y el Bio-Bío, también, pese a sangrientos levantamientos rápidamente sofocados, fue sojuzgado muy temprano en nuestra historia. El mapuche rechazó la invasión europea con particular valor y habilidad, tanto táctica como, cosa sorprendente en grupos de su desarrollo cultural, estratégicamente, hasta que logró, a principios del s. XVII, el retiro casi total de los españoles de sus territorios. Los huilliches, indios que vivían en la actual región de Los Lagos, pese a haber sido fácilmente vencidos por Valdivia, se aprovecharon de la gran rebelión mapuche de 1598, y lograron así ganar su independencia, que conservarían, en mejores o peores condiciones, por centenares de años, hasta la plena incorporación de su territorio a la República en el s. XIX.
De esta manera, desde el desastre de Curalaba de 1598-99, tenemos el actual territorio que forma Chile partido en dos. De La Serena a Concepción se asienta la civilización española, sostenida por un número ridículamente corto de hispanos –para 1600, unos dos mil individuos, casi todos hombres-, abarcando una masa de indios rápidamente decreciente, debido a las guerras, las enfermedades, el mestizaje; y un grupo de mestizos cada vez mayor, muchos de ellos ya españolizados. Esta matriz, todavía compuesta principalmente por dos influencias irreductibles entre sí, la europea y la indígena, es la base del Pueblo chileno actual. A lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX se irá homogeneizando, haciéndose cada vez más europea cultural y genéticamente. El elemento racial indio terminará por desaparecer en la República, en un lento e inexorable proceso iniciado desde que Valdivia puso pie en nuestro territorio, producto de las epidemias, las guerras, la destrucción de su medio cultural ancestral, y, lo más importante, a través del mestizaje. Donde en 1541 había un español frente a un indio, en 1891 ya había dos mestizos, dos chilenos.
Al sur, en la Araucanía y en Los Lagos, existe, en 1600, una masa de indios mapuches y huilliches rebelados contra los conquistadores. Vivirán, en lo medular, una existencia independiente del resto del país. Nada tendrán que ver con el nacimiento del Pueblo chileno, salvo para influir exteriormente en su desarrollo, a través de las invasiones o incursiones, los malones, que suelen llevar a cabo, sobre todo durante el s. XVII. Serán incorporados finalmente recién a finales del s. XIX. Haciendo un paralelismo, su situación es más o menos la de Escocia con respecto a Inglaterra, desde la época de William Wallace, en el s. XIII, hasta la incorporación de aquélla a ésta a principios del XVI.
CONCLUSIONES

De esta manera, Chile, como idea, es originalmente ajeno, por completo, a los mapuches. Éstos, aún en su relativo aislamiento, fueron influenciados por los españoles y después por los chilenos coloniales; y alterados genéticamente por el mestizaje indiscriminado que se produjo con otros pueblos indígenas, con los mestizos chilenos, y con los españoles. Pero no ocurrió al revés. El ingrediente cultural autóctono incorporado a la Nación chilena, bastante menor que el aporte racial, proviene básicamente de los picunches. Tan ajenos fueron los araucanos a Chile, que durante la independencia unirán los esfuerzos de sus tribus, ya muy mestizadas, a las armas del Rey de España… Curiosa ironía, que no dijo nada a los revolucionarios patriotas al momento de identificarse con unas hordas de bárbaros que nunca cesaron de combatir y asesinar a sus propios abuelos, e incluso a sus padres; y permanecer obstinadamente refractarios y hostiles a la nueva cultura que se iba creando al norte del Bio-Bío, dirigida por los españoles, pero llevada a cabo, cada día más, por chilenos.
Lo que empezó, en diciembre de 1540 como un grupo de 150 españoles acompañados por algunos miles de yanaconas, devino, con el curso de los siglos, y a través de mil influencias diversas, en una entidad nueva, que llamamos Chile. ¿Cuándo nace nuestro país? Es imposible dar una fecha exacta, ni un año determinado, pero es evidente que existe ya a mediados del s. XVIII. Como las tribus célticas que poblaban Inglaterra un día se vieron informando una cultura romana, el antiguo indio que recibió a flechazos al español en las márgenes del Mapocho o del Cachapoal, dos siglos después aportaba, por decir algo, las tres cuartas partes, la mitad o la quinta parte, dependiendo del caso, de la sangre que corría por las venas de un inquilino de fundo chileno en alguna parte del país, y buena proporción de sus costumbres. Junto con esta lenta pero segura absorción de los elementos indígenas, sucedía lo mismo, pero con mucha mayor profundidad, con los aportes españoles. Un dato estadístico nos ilustra claramente la idea de la progresiva chilenización de la sociedad española establecida entre La Serena y Concepción: el ejército “español” en Chile, a fines de la Colonia, estaba compuesto por una mitad de criollos, en el caso de los jefes, una mayoría, para el de los oficiales, y, para los sargentos, cabos y soldados, por casi la totalidad.
Durante la República, en el s. XIX, los mapuches y huilliches terminaron de ser incorporados a la raza chilena y a la idea nacional. Fue, ante todo, una conquista. Referirse a los indios, en este caso y en los otros, como “nuestros antepasados”, es una aberración. La única herencia realmente relevante que recibió el Pueblo chileno por parte de los indígenas fue la racial, y aún así es evidente que la que le fue transmitida por el conquistador español fue cuantitativamente más importante. Desde luego que mapuches y huilliches son, histórica y sociológicamente, muy importantes para nuestro pueblo y su historia, desde fuera, hasta el s. XIX, y desde adentro, desde entonces. Pero entraron a formar parte de Chile por adición a una entidad ya existente y claramente definida, sin representar, para nada, el papel de generador. Lo he repetido tal vez demasiadas veces. Las verdaderas raíces del Pueblo chileno las hallaremos en los conquistadores españoles y en los tempranamente vencidos indios picunches que habitaban la zona central.
A nadie se le ocurriría presentar a los pascuenses como antepasados de nuestra Nación. Pienso que está claro que son un grupo extranjero anexado por Chile en 1888. Lo mismo, pero ampliado por mil, y haciendo cien salvedades muy oportunas, ocurre con los mapuches: un grupo foráneo obligado, por la fuerza de las armas, a incorporarse a la República. Como los aymarás, chilenos por conquista.
La cultura chilena, creada en lo fundamental durante los siglos XVI, XVII y XVIII a partir del grupo español, indígena y criollo en la zona central es una esencialmente española. Las ideas, las costumbres, las aspiraciones, el comportamiento, son claramente hispánicas. Con el correr de los siglos XIX y XX, las influencias indígenas van a quedar reducidas a la anécdota, y se fortalecerán mucho las europeas, de la mano de la inmigración, especialmente francesas, alemanas, italianas e inglesas. En los últimos años Chile recibirá alegremente, como todo el mundo, una amplia influencia norteamericana. El aporte principal de los indios, ya desaparecidos como tales, y devenidos en mestizos, o muertos por las epidemias y las guerras, hoy, se reduce a lo racial. En este sentido, incluso la influencia mapuche y huilliche conserva una enorme relevancia. La Frontera nunca fue efectivamente cerrada a las incursiones de las tribus bárbaras al norte del Bio-Bío, ni a las expediciones de castigo subsecuentes llevadas a cabo por chilenos y españoles al sur. Estas acciones de guerra llevaban anexa un activo intercambio sexual en ambos sentidos, que blanqueó mucho la herencia racial de los indios. Pese a lo anterior, al incorporarse plenamente a la República, los territorios del sur aportaron a Chile un grueso contingente de indios y de mestizos con sangre predominantemente autóctona. Sus bisnietos son los que hoy pasan, para el desprevenido ciudadano común, más atento al último escándalo de la vedette de moda y siempre permeable a la consigna más que inclinado a una sana independencia de juicio, como herederos directos de Lautaro y Caupolicán, cuando lo mismo podrían considerarse -y sangre no les faltaría para afirmarlo- de Valdivia, Alonso de Ribera o Villagra.
Ver, hoy, en los mestizos de influencia mapuche, que son todos los 600.000 que pasan por la población “indígena” y “autóctona” de Chile, es más burdo que si, llevándonos por el apellido, creyéramos auténtico galés a Patricio Aylwin, o francés genuino a Augusto Pinochet. El “Pueblo” mapuche actual no es más que un grupo de chilenos con diversa proporción de sangre araucana en sus venas. Y está comprobado que por la de todos y cada uno de ellos corre sangre española, frecuentemente en nada despreciable cantidad. Dato irrelevante, por lo demás: basta observar sus rostros para notar la evidente influencia europea en todos ellos. Algunos están más cerca del nivel racial de hace cuatro siglos que otros, pero todos ellos han sido mestizados por centenares de años de amplios contactos sexuales no tan solo con españoles y criollos, sino también con huilliches y cuanto indio se cruzó por delante de un araucano. Si la atenta observación de sus fisonomías no nos bastara para aceptar lo evidente, nos debería sobrar con notar la enorme diferencia sicológica y mental existente entre un mestizo chileno de origen mapuche de hoy, que va a la escuela, que trabaja de lunes a sábado, que cumple con su servicio militar, que se bautiza, se casa y asiste a la iglesia, que incluso estudia carreras superiores en la universidad, con los salvajes que enfrentaron a Valdivia, totalmente refractarios a la civilización. Con el abismo que media entre los guerreros de Lautaro, y las tribus que se someten dócilmente a Urrutia el siglo antepasado.
¿Dónde quedó ese valor proverbial, esa imaginación militar que no dejó de sorprender a los veteranos de las guerras de Europa, que habían aprendido el oficio en los Tercios españoles, el mejor ejército del mundo de la época? ¿Dónde fueron a parar todas las singulares características de la raza? Sencillamente desaparecieron junto al Pueblo que las desarrolló. Se perdió parte de todo aquello en los campos de batalla de la Araucanía, en los lechos de las indias poseídas por los soldados en sus campañas, y en los de las numerosas españolas secuestradas por los bárbaros. El resto, se incorporó a la Nación chilena conquistadora, enriqueciéndola y fundiéndose con ella hasta formar una perfecta unidad.
Es, así, nuestro Chile una Comunidad Nacional única y singular, hija de España y de América, pero que no se confunde con ninguna de ellas. Debemos convencernos, de una vez por todas, de esta verdad, y terminar de mirar hacia lo extranjero, de buscar soluciones en la servil imitación del modelo en boga. Sólo en nuestras raíces, en el verdadero amor por lo propio, encontraremos la llave para explicarnos nuestro ser y encontrar nuestro destino.

domingo, 1 de julio de 2007

EL MARTILLO: EDITORIAL FUNDACIONAL


Hoy inicia sus ediciones EL MARTILLO, un aguijón en las carnes de este sistema corrupto que ha engañado al Pueblo por décadas. Nuestro más preciado bien es la independencia de toda fuente de poder e influencia, y nuestro único norte es la leal búsqueda de la verdad y la regeneración integral de aquellos que decidan libremente caminar junto a nosotros.
Vemos una anti-civilización que se impone en el mundo y en Chile, en donde sólo la ordinariez y las más bajas tendencias tienen amplia cabida. En que, bajo una máscara de modernidad, hemos invitado al Orco a nuestra mesa, sin poder expulsarlo más, por obediencia a la tolerancia y a la diversidad. Donde, bajo la excusa de la sacrosanta palabra, libertad, el individuo se entrega a sus caprichos, olvidando sus deberes para con la Comunidad Nacional; y siguiendo el slogan de moda lanzado por algún iluminado perverso desde Nueva York, París o Amsterdam desprecia las diferencias, y lleno de envidia y de resentimiento, nivela las aptitudes, destruye las superioridades y proclama el nuevo dogma: la igualdad. Nos indigna la pereza de horas frente a un televisor o un vídeo juego, mientras afuera el sol brilla hermoso y las flores del campo o las olas del mar nos llaman a descubrir la simple belleza de la Naturaleza. Nos rebelamos ante este desolador panorama de decadencia espiritual. Nos rebelamos ante el materialismo abyecto que, cada día más, nos seca el alma, y nos transforma en animales de producción y en bestias de consumo. Ante un sistema miope que busca nada más que satisfacer nuestras necesidades más inmediatas, que sabe sólo hablar de economía y de estadísticas.
Estamos convencidos que el Hombre es mucho más que eso. Que Chile y su Pueblo pueden mucho más. Que tienen una misión que cumplir en la historia, la cual debemos descubrir en su pasado, en su Tradición, en sus cinco siglos de historia, y no inventar desde un escritorio, estudiando en una universidad norteamericana, o repitiendo la última idea de una ONG europea. Nos persuade la idea que poco o nada sacaríamos luchando contra las estructuras si antes no acometemos la más grande revolución, la integral construcción del Hombre Nuevo en cada uno de nosotros. Sólo de un tipo humano superior podrá surgir, algún día, la Nación que hemos soñado.
Aspiramos a ser el tibio albergue de tantos caminantes solitarios, agobiados por el frío, el desamparo y la tormenta. De aquellos que se han visto forzados a adherir a posiciones que en realidad no los representan, a seguir a ídolos con pies de barro que sólo buscan su provecho, y que, por cobardía, transacción o convicción, no hacen sino contribuir a la miseria, espiritual y material, que vemos por todas partes. Pero no se engañen con nosotros: no somos dueños de ninguna receta. Con la ayuda de nuestros lectores, y con la mayor amplitud posible, dentro de una natural tendencia particular que jamás negaremos, pretendemos ir configurando, entre todos, el cuerpo cultural en torno al cual se enmarque esta radical oposición a la decadencia presente. Una escuela de formación, donde todos aprenderemos de todos. Un frente de combate, si se quiere, y si estos pobres guerreros están a la altura de tan grandilocuente figura.
Este es nuestro afán. Ambicioso y arrogante, seguramente demasiado, y aunque comprendemos que nuestras escasas fuerzas no son suficientes para tamaña empresa, confiamos en que, una vez lanzados a la aventura, una vez que nuestros barcos hayan zarpado a navegar por los mares de la incertidumbre, hallaremos amigos que nos ayuden a encontrar el puerto y construir nuestras esperanzas. Saludamos a todos ellos, y damos también la más cordial bienvenida a quienes disienten de nosotros. Tanto unos como otros tienen su lugar en este blog, y los invitamos alegremente a participar de este empeño; los animamos a intercambiar ideas con pasión, imaginación y humor, y siempre con respeto.

¿POR QUÉ EL MARTILLO?

La elección de un nombre no es tarea baladí. Dice mucho, o al menos debiera decirlo, acerca de quien lo elige, en el caso de las personas, y de quien lo lleva, cuando hablamos de iniciativas como la que estamos desarrollando con este blog. Es una concisa declaración de principios, tan profunda como dos o tres palabras lo permiten.
En nuestro caso, recordamos el significado que a esta noble herramienta de trabajo le atribuye Friedrich Nietzsche en la introducción a su "El Ocaso de los Ídolos. Cómo se Filosofa a Martillazos":
"Otra forma de curación, que a veces me resulta incluso más apetecible, es someter a examen profundo a los ídolos... En el mundo hay más ídolos que realidades: este es el "mal de ojo" y el "mal de oído" que tengo yo para este mundo... Ir haciendo preguntas a base de golpearlos con el martillo, y oir tal vez, como respuesta, ese conocido sonido a hueco que revela unas entrañas llenas de aire, representa una delicia para quien tiene otros oídos detrás de los oídos, para este viejo psicólogo y cazador de ratas que soy, ante quien tiene que dejar oir su sonido precisamente aquello a lo que le gustaría permanecer callado".
El martillo es, en este caso, como nos explica Enrique López Castellón, no una piqueta destructora, sino un instrumento para medir verdades, una piedra lanzada al fondo del estanque que nos permite conocer la profundidad de sus aguas. Una herramienta de percusión, que al tocar las representaciones de los falsos dioses en boga pone claramente en evidencia la vacuidad de éstas. Así, con un ligero martillazo los ídolos venerados revelan al punto su inconsistencia y su falta de contenido.