Este año es el aniversario número 125 de la batalla de La Concepción, donde, como ya es sabido, 77 chilenos entregaron sus vidas a la Patria. Lamentablemente, el Pueblo parece ya haber olvidado a sus héroes, y se ve siempre más interesado en el último escandalillo de la modelo de turno, o, los más intelectuales, en el guarismo inflacionario del mes. Materia sobre espíritu. No en vano vivimos en una pesada edad del hierro. Sin embargo, hemos querido recordar la gesta del Capitán Ignacio Carrera Pinto y sus hombres de la 4ta. Compañía del Chacabuco en la sierra peruana, porque ella es un testimonio imperecedero de valor y lealtad que no puede ser olvidado.
LA SEGUNDA EXPEDICIÓN A LA SIERRA
Luego de las cruentas victorias en Chorrillos y Miraflores, en enero de 1881, la victoria parecía haberse alcanzado. Los ejércitos peruanos habían sido despedazados, y la paz estaba pronta a firmarse. La atención del país se fijó en otros menesteres: la guerra había terminado.
Sin embargo, esto no podía estar más alejado de la realidad. Si bien es cierto habíamos destrozado al ejército peruano, todavía quedaban fuerzas más o menos considerables en el interior; y sólo se había conquistado la angosta costa del país enemigo. Hacia el oriente, protegida por altísimas cadenas montañosas, se encontraba la sierra, una región independiente y difícilmente accesible, que albergaba tres focos de tozuda resistencia bajo caudillos diferentes: Iglesias en el norte, en Cajamarca, Cáceres en el centro, en Junín, y Montero en el sur, en Arequipa, que podía fácilmente enlazar con las fuerzas bolivianas.
Apenas asumido el Presidente Santa María, y contra la opinión del Congreso, le impone al mando militar la indispensable expedición a Junín. Sólo acabando con la resistencia serrana, Chile podría hacer entender a los caudillos peruanos que su país estaba vencido. Aunque éstos, en el fondo, entendían perfectamente la situación, no se atrevían a reconocer la derrota y firmar la paz, con las duras condiciones que se les exigía desde Santiago, por temor a las consecuencias personales que este necesario paso podía acarrearles. Cada día que la guerra se extendía hundía más al Perú en la miseria. Sólo un valiente y realista reconocimiento de la situación podía dejar atrás la enfermedad, e iniciar el lento proceso de convalecencia que podría llevar a la regeneración del país. Pero en esta época, no se veía ningún estadista peruano capaz de acometer esta ingrata y, ciertamente, incomprendida empresa.
Las fuerzas chilenas, al mando del Almirante Patricio Lynch y del Coronel Gana, intentan, en enero de 1882, encerrar a Cáceres en su posición de Chosica. Pero éste se les escabulle, y escapa hacia el interior de Junín. Lo que sigue será una inútil persecución del líder peruano y sus fuerzas por todo el valle del río Mantaro. Ahora bajo el mando del Coronel Del Canto, el ejército chileno, bastante reducido en recursos y en hombres, no puede sorprender a los peruanos. Pese a algunas pequeñas victorias, nunca alcanza a enfrentarse al grueso del enemigo, que finalmente logra salir, por un estrecho desfiladero, hacia Ayacucho.
Tras algunos meses de ocupación, la situación de los chilenos en el Mantaro se torna muy difícil. Los "batallones olvidados" apenas sobreviven. El clima adverso, muy frío, las enfermedades, la difícil geoegrafía y la carencia de vituallas sumen a los nuestros en una situación muy peligrosa. En su retirada, los caballos tendrán que comerse la paja del techo de las chozas, y los soldados, que deben pernoctar a la intemperie, soportando la lluvia y la nieve, obtienen el fuego con que poder calentarse y cocinar de las tablas de esas mismas casas. En determinado momento, Del Canto se ve forzado a reconocer, impotente, que no le queda más "que reses y un quintal de sal que durará hasta mañana, no teniendo absolutamente otros víveres..." Los soldados apenas tienen con qué cubrirse, y calzan ojotas. No olvidemos que de las bajas totales de esta campaña, 564 hombres, el 70% se debe a las enfermedades, las deserciones y el frío. Además, no se ha logrado el objetivo, aniquilar a las fuerzas de Cáceres, a quien, dada su habilidad para moverse por las montañas, se le ha apodado "el brujo de los Andes". Tan peligrosa es esta exposición de las fuerzas chilenas en la sierra, que a principios de julio se decide la retirada a Lima. Pero Cáceres, otra vez fuerte en su reducto ayacuchano, se entera de estos planes y urde un audaz plan para aniquilar a la I división de Del Canto.
El valle del Mantaro es una verde y rica región agrícola enclavada sobre los tres mil metros de altura. Está enmarcado por altas montañas de muy difícil tránsito. El paso que conduce a Lima está a cinco mil metros. Hacia el norte, hacia el valle del Huaraz, las dificultades no son menores, y hacia el sur, en dirección a Ayacucho, tampoco. Se puede decir que esta zona del Mantaro es una ratonera. Por lo tanto, si Cáceres lograba cerrar la única salida a Lima, en La Oroya, Del Canto estaría encerrado, y, dado el calamitoso estado de sus fuerzas, arriesgaba peligrosamente su aniquilamiento.
Antes de la llegada de los españoles el valle estaba habitado por los indios huancas, enemigos ancestrales del invasor inca. Por eso, no le fue difícil a Pizarro concertar una alianza con ellos, que le ayudó mucho en la conquista del Perú. A cambio, los huancas conservaron la tenencia de la tierra, que sus descendientes mantienen hasta hoy, organizada en pequeñas propiedades. Este hecho favoreció la salvaje reacción de los indios, azuzados por el clero de la zona, que, ante la invasión chilena, y a diferencia de lo ocurrido en otras partes del país, se lanzó a defender sus derechos con la convicción de quien pelea por lo propio, y no tan sólo resignados frente a un deber impuesto y vagamente sentido.
Pues bien, al enterarse Cáceres de la apresurada retirada chilena, decide actuar con premura. Identificó hábilmente el punto débil de las fuerzas de ocupación. Este estaba en el centro del dispositivo chileno, en el pequeño pueblo de La Concepción, que era guarnecido por las disminuidas 2da. y 5ta. compañía de infantería del regimiento Chacabuco, al mando del Capitán Nebel. Entonces, encargó al Coronel Gastó, fuerte en unos cuatrocientos soldados de línea, caer sobre los chilenos y rendirlos o destrozarlos. A su lado marcharían las guerrillas indígenas del sanguinario Ambrosio Salazar, rico hacendado de la zona, quien mandaba a unos mil quinientos enardecidos hombres. Una vez partidas las fuerzas chilenas en dos, podrían ser fácilmente aniquiladas por separado. El coronel Tafur fue encargado de atacar el norte, en Tarma, cerrando de esta manera la salida por La Oroya, y el propio Cáceres, con el grueso de las fuerzas, avanzaría sobre Pucará, Marcavalle y Huancayo, al sur. Los fugitivos de unos meses atrás se convertían, así, en perseguidores. El ataque simultáneo a los tres puntos del ejército de ocupación chileno le impediría a éste destacar fuerzas en auxilio de los sectores amagados. Encerrados en el valle, sin posible comunicación con la costa, aislados de todo auxilio e imposibilitados de escapar, Del Canto y sus hombres se verían condenados a la destrucción. El plan era impecable, pero Cáceres no consideró un aspecto esencial: el inconmensurable valor y honor del soldado chileno, en todo muy superior al peruano. Este "detalle" haría fracasar su osada operación.
Del Canto tenía todo preparado para iniciar la retirada el 9 de julio. El ejército abandonaría Huancayo, en el extremo sur chileno, con el grueso de las fuerzas, y avanzaría hacia el norte, hasta llegar a La Oroya, y poder, desde ahí, trasponer la cordillera y llegar a salvo a Lima. En su recorrido iría incorporando los pequeños destacamentos que guardaban los pueblos del valle. Pero cuando tenía todo listo para partir, las fuerzas que estaban en Marcavalle, custodiando el paso hacia Ayacucho, no aparecen. Pronto se enteraría del ataque peruano. Obligado a rechazarlo, debe empeñarse en un combate que retrasa su partida en un día.
En La Concepción, las fuerzas de Nebel, demasiado gastadas por las enfermedades, habían sido relevadas por la 4ta. compañía del Batallón Chacabuco 6to. de Línea, que durante el combate estaría al mando de los oficiales Ignacio Carrera Pinto, Arturo Pérez Canto, Julio Montt Salamanca, y Luis Cruz Martínez. En total, y sin incluir a éstos, 61 hombres en estado de combatir, y doce enfermos, uno de ellos un soldado del Lautaro. Acompañaban a estos hombres tres mujeres, una de ellas en avanzado estado de preñez, y un niño.
Esperaba el Capitán Carrera Pinto a la columna chilena que iba a salir de Huancayo esa misma mañana, para llevarlos al norte, cuando sus hombres le hacen notar la concentración de fuerzas enemigas en los cerros que cierran el pueblo por el septentrión. Ordena la reunión de sus tropas, y aparecen los convalecientes, con Montt entre ellos. Intenta reprenderlos por haber abandonado la enfermería, pero se le replica que ellos también querían participar de la batalla. Es el primer indicio de coraje esa tarde en La Concepción. Para gloria de Chile, no sería el último. Sin demora, distribuye a sus fuerzas en la plaza del pueblo, en cuatro barricadas que guardaban las entradas por cada una de las esquinas.
Si lo descrito anteriormente debe añadirse a las páginas donde el soldado chileno demostró su estoica serenidad ante la adversidad material y el sufrimiento, asistiremos, ahora, a una de las epopeyas militares más dignas de admiración de nuestra historia, el glorioso combate de La Concepción.
Sin embargo, esto no podía estar más alejado de la realidad. Si bien es cierto habíamos destrozado al ejército peruano, todavía quedaban fuerzas más o menos considerables en el interior; y sólo se había conquistado la angosta costa del país enemigo. Hacia el oriente, protegida por altísimas cadenas montañosas, se encontraba la sierra, una región independiente y difícilmente accesible, que albergaba tres focos de tozuda resistencia bajo caudillos diferentes: Iglesias en el norte, en Cajamarca, Cáceres en el centro, en Junín, y Montero en el sur, en Arequipa, que podía fácilmente enlazar con las fuerzas bolivianas.
Apenas asumido el Presidente Santa María, y contra la opinión del Congreso, le impone al mando militar la indispensable expedición a Junín. Sólo acabando con la resistencia serrana, Chile podría hacer entender a los caudillos peruanos que su país estaba vencido. Aunque éstos, en el fondo, entendían perfectamente la situación, no se atrevían a reconocer la derrota y firmar la paz, con las duras condiciones que se les exigía desde Santiago, por temor a las consecuencias personales que este necesario paso podía acarrearles. Cada día que la guerra se extendía hundía más al Perú en la miseria. Sólo un valiente y realista reconocimiento de la situación podía dejar atrás la enfermedad, e iniciar el lento proceso de convalecencia que podría llevar a la regeneración del país. Pero en esta época, no se veía ningún estadista peruano capaz de acometer esta ingrata y, ciertamente, incomprendida empresa.
Las fuerzas chilenas, al mando del Almirante Patricio Lynch y del Coronel Gana, intentan, en enero de 1882, encerrar a Cáceres en su posición de Chosica. Pero éste se les escabulle, y escapa hacia el interior de Junín. Lo que sigue será una inútil persecución del líder peruano y sus fuerzas por todo el valle del río Mantaro. Ahora bajo el mando del Coronel Del Canto, el ejército chileno, bastante reducido en recursos y en hombres, no puede sorprender a los peruanos. Pese a algunas pequeñas victorias, nunca alcanza a enfrentarse al grueso del enemigo, que finalmente logra salir, por un estrecho desfiladero, hacia Ayacucho.
Tras algunos meses de ocupación, la situación de los chilenos en el Mantaro se torna muy difícil. Los "batallones olvidados" apenas sobreviven. El clima adverso, muy frío, las enfermedades, la difícil geoegrafía y la carencia de vituallas sumen a los nuestros en una situación muy peligrosa. En su retirada, los caballos tendrán que comerse la paja del techo de las chozas, y los soldados, que deben pernoctar a la intemperie, soportando la lluvia y la nieve, obtienen el fuego con que poder calentarse y cocinar de las tablas de esas mismas casas. En determinado momento, Del Canto se ve forzado a reconocer, impotente, que no le queda más "que reses y un quintal de sal que durará hasta mañana, no teniendo absolutamente otros víveres..." Los soldados apenas tienen con qué cubrirse, y calzan ojotas. No olvidemos que de las bajas totales de esta campaña, 564 hombres, el 70% se debe a las enfermedades, las deserciones y el frío. Además, no se ha logrado el objetivo, aniquilar a las fuerzas de Cáceres, a quien, dada su habilidad para moverse por las montañas, se le ha apodado "el brujo de los Andes". Tan peligrosa es esta exposición de las fuerzas chilenas en la sierra, que a principios de julio se decide la retirada a Lima. Pero Cáceres, otra vez fuerte en su reducto ayacuchano, se entera de estos planes y urde un audaz plan para aniquilar a la I división de Del Canto.
El valle del Mantaro es una verde y rica región agrícola enclavada sobre los tres mil metros de altura. Está enmarcado por altas montañas de muy difícil tránsito. El paso que conduce a Lima está a cinco mil metros. Hacia el norte, hacia el valle del Huaraz, las dificultades no son menores, y hacia el sur, en dirección a Ayacucho, tampoco. Se puede decir que esta zona del Mantaro es una ratonera. Por lo tanto, si Cáceres lograba cerrar la única salida a Lima, en La Oroya, Del Canto estaría encerrado, y, dado el calamitoso estado de sus fuerzas, arriesgaba peligrosamente su aniquilamiento.
Antes de la llegada de los españoles el valle estaba habitado por los indios huancas, enemigos ancestrales del invasor inca. Por eso, no le fue difícil a Pizarro concertar una alianza con ellos, que le ayudó mucho en la conquista del Perú. A cambio, los huancas conservaron la tenencia de la tierra, que sus descendientes mantienen hasta hoy, organizada en pequeñas propiedades. Este hecho favoreció la salvaje reacción de los indios, azuzados por el clero de la zona, que, ante la invasión chilena, y a diferencia de lo ocurrido en otras partes del país, se lanzó a defender sus derechos con la convicción de quien pelea por lo propio, y no tan sólo resignados frente a un deber impuesto y vagamente sentido.
Pues bien, al enterarse Cáceres de la apresurada retirada chilena, decide actuar con premura. Identificó hábilmente el punto débil de las fuerzas de ocupación. Este estaba en el centro del dispositivo chileno, en el pequeño pueblo de La Concepción, que era guarnecido por las disminuidas 2da. y 5ta. compañía de infantería del regimiento Chacabuco, al mando del Capitán Nebel. Entonces, encargó al Coronel Gastó, fuerte en unos cuatrocientos soldados de línea, caer sobre los chilenos y rendirlos o destrozarlos. A su lado marcharían las guerrillas indígenas del sanguinario Ambrosio Salazar, rico hacendado de la zona, quien mandaba a unos mil quinientos enardecidos hombres. Una vez partidas las fuerzas chilenas en dos, podrían ser fácilmente aniquiladas por separado. El coronel Tafur fue encargado de atacar el norte, en Tarma, cerrando de esta manera la salida por La Oroya, y el propio Cáceres, con el grueso de las fuerzas, avanzaría sobre Pucará, Marcavalle y Huancayo, al sur. Los fugitivos de unos meses atrás se convertían, así, en perseguidores. El ataque simultáneo a los tres puntos del ejército de ocupación chileno le impediría a éste destacar fuerzas en auxilio de los sectores amagados. Encerrados en el valle, sin posible comunicación con la costa, aislados de todo auxilio e imposibilitados de escapar, Del Canto y sus hombres se verían condenados a la destrucción. El plan era impecable, pero Cáceres no consideró un aspecto esencial: el inconmensurable valor y honor del soldado chileno, en todo muy superior al peruano. Este "detalle" haría fracasar su osada operación.
Del Canto tenía todo preparado para iniciar la retirada el 9 de julio. El ejército abandonaría Huancayo, en el extremo sur chileno, con el grueso de las fuerzas, y avanzaría hacia el norte, hasta llegar a La Oroya, y poder, desde ahí, trasponer la cordillera y llegar a salvo a Lima. En su recorrido iría incorporando los pequeños destacamentos que guardaban los pueblos del valle. Pero cuando tenía todo listo para partir, las fuerzas que estaban en Marcavalle, custodiando el paso hacia Ayacucho, no aparecen. Pronto se enteraría del ataque peruano. Obligado a rechazarlo, debe empeñarse en un combate que retrasa su partida en un día.
En La Concepción, las fuerzas de Nebel, demasiado gastadas por las enfermedades, habían sido relevadas por la 4ta. compañía del Batallón Chacabuco 6to. de Línea, que durante el combate estaría al mando de los oficiales Ignacio Carrera Pinto, Arturo Pérez Canto, Julio Montt Salamanca, y Luis Cruz Martínez. En total, y sin incluir a éstos, 61 hombres en estado de combatir, y doce enfermos, uno de ellos un soldado del Lautaro. Acompañaban a estos hombres tres mujeres, una de ellas en avanzado estado de preñez, y un niño.
Esperaba el Capitán Carrera Pinto a la columna chilena que iba a salir de Huancayo esa misma mañana, para llevarlos al norte, cuando sus hombres le hacen notar la concentración de fuerzas enemigas en los cerros que cierran el pueblo por el septentrión. Ordena la reunión de sus tropas, y aparecen los convalecientes, con Montt entre ellos. Intenta reprenderlos por haber abandonado la enfermería, pero se le replica que ellos también querían participar de la batalla. Es el primer indicio de coraje esa tarde en La Concepción. Para gloria de Chile, no sería el último. Sin demora, distribuye a sus fuerzas en la plaza del pueblo, en cuatro barricadas que guardaban las entradas por cada una de las esquinas.
Si lo descrito anteriormente debe añadirse a las páginas donde el soldado chileno demostró su estoica serenidad ante la adversidad material y el sufrimiento, asistiremos, ahora, a una de las epopeyas militares más dignas de admiración de nuestra historia, el glorioso combate de La Concepción.
EL COMBATE DE LA CONCEPCIÓN
El Coronel Gastó envió un emisario con una intimación de rendición que decía: "Contando, como usted ve, con fuerzas muy superiores en número a las que usted tiene bajo su mando y deseando evitar una lucha a todas luces imposible, intimo a usted rendición incondicional de sus fuerzas, previniéndole que, en caso contrario, ellas serán tratadas con todo el rigor de la guerra. Dios guarde a usted."
El Capitán Carrera no titubeó ni un segundo, y le respondió: "En la capital de Chile y en uno de sus principales paseos públicos, existe inmortalizada en bronce la estatua del prócer de nuestra Independencia, General don José Miguel Carrera, cuya misma sangre corre por mis venas; por cuya razón comprenderá usted que ni como chileno ni como descendiente de aquél, deben intimidarme ni el número de sus tropas ni las amenazas del rigor. Dios guarde a usted." Esta escueta comunicación, de hermosa y poética prosa, no fue el alarde artístico de un propagandista sentado a su cómodo escritorio. No. Rodeaban al oficial chileno miles de enemigos. Su respuesta significaba la muerte, pero no dudó. En sus venas corría la sangre del indómito General Carrera. Sobre su cuartel flameaba la invicta bandera chilena. El honor y la lealtad pudieron más que sus naturales temores.
El vigoroso ataque se inició con una carga de las masas de indios, que la disciplina militar de los chacabucanos rechazó sin piedad. Luego cargaron los infantes de Gastó, y la batalla se prolongó por horas. Los defensores, pese a las bajas que provocan en el enemigo, lentamente van siendo superados en sus posiciones por la enorme superioridad material de los atacantes. Pero no olvidan sus glorias, ni el batallón al cual pertenecen. El mismo que soportó la parte más dura de la batalla de Chorrillos, el asalto al Morro Solar, donde Carrera participó de la toma sucesiva de siete trincheras enemigas, y después del cual obtuvo una mención especial en la orden del día. En esa batalla, el Chacabuco fue la unidad que más bajas sufrió. Ahora, Carrera Pinto se ve obligado a abandonar las barricadas en las esquinas de la plaza, y busca nuevas posiciones al interior de ésta. Pero muy luego debe ordenar un nuevo repliegue hacia el cuartel y las casas adyacentes, en busca de protección. Es en este momento, mientras el cerco se cerraba cada vez más, en que decide pedir ayuda a las fuerzas de Del Canto, en Huancayo, distante unos veinticinco kilómetros al sur. Elige tres emisarios, y junto a una veintena de soldados, sale del cuartel para despejarles el camino. A duras penas logran abrir una brecha por donde salen los mensajeros. Al intentar volver, Carrera es herido en un hombro. Aún así, no abandona el combate. Al poco rato los chilenos ven que los emisarios han sido muertos, y que los indios los han descuartizado y puesto sus cabezas en las puntas de sus lanzas, que agitan alegre y horriblemente en una danza macabra. Dentro del cuartel, la determinación se torna fanática: se combatirá sin piedad, hasta el último hombre.
Cae la noche y, pese a que las municiones empiezan a escasear, la resistencia no decae. Entonces, los peruanos, que ya han empujado a los chacabucanos al interior del cuartel, los fusilan desde los tejados de la iglesia y las construcciones vecinas. Al no lograr quebrantar la espartana resistencia, deciden prenderle fuego al edificio. Los defensores, ahora, totalmente rodeados y amenazados por las llamas, al mando de su capitán Ignacio Carrera Pinto, practican una salida más para despejar el perímetro. Será la última para el valiente comandante de la 4ta. compañía. Una bala sega su joven vida de 34 años.
Durante la noche, el enemigo intenta abrir forados en las murallas del cuartel, para introducirse por ahí. La infantería chilena tuvo que defenderse con todos sus bríos para poder rechazar los ataques, que provenían de todos lados, en una estrecha construcción que ya ardía por completo. Con los cuerpos de los propios enemigos muertos taponan las entradas abiertas en los muros por los peruanos. Aunque los chilenos lograron conservar su posición, obedeciendo al artículo 21 de la Ordenanza General del Ejército, que impone: "El militar que tuviere orden de conservar su puesto a toda costa, lo hará", sus bajas fueron numerosas. Para complicar aún más las cosas, una de las mujeres que acompañaba a los soldados dio a luz esa misma noche.
Al amanecer ya no quedaban sino unos ocho defensores, más las tres mujeres y los dos niños. El Subteniente Julio Montt había caído. Como reinaba el silencio más absoluto, los peruanos creen que todos los chilenos estaban muertos. Gastó manda a un oficial para que lo comprobara, pero cuando se acerca, un soldado lo mata con la última bala que le quedaba a los nuestros. Esto provoca un furioso ataque, que es respondido por Pérez Canto con un asalto a la bayoneta al mando de los hombres que quedaban. Cuando el enemigo está a unos veinte pasos, salta con los suyos, gritando: "A la carga, valientes del Chacabuco!" El avance logra ralear algo más las filas peruanas, pero el Subteniente Pérez Canto, con un par de camaradas, dejan la vida en el intento.
El Subteniente Luis Cruz Martínez, de sólo dieciséis años, logra refugiarse en el cuartel, ya consumido por las llamas, junto a cuatro soldados. Son las nueve de la mañana del 10 de julio de 1882. Llevan diecinueve horas seguidas peleando, pero su espíritu no ha decaído un momento. Saben que les ha llegado la hora, pero sólo pueden pensar en vender caras sus vidas, y en mantener su dignidad, sin rendirse ni humillar la Bandera. Luego de encomendar sus almas al cielo, y de despedirse de las mujeres, deséandoles la mejor suerte después del combate, carga por última vez. Es una escena asombrosamente increíble: cuatro soldados, mandados por un joven oficial, casi un niño, con nada más que sus bayonetas y un indomable espíritu en ristre, atacando a una turba de miles de indios y centenares de soldados que los rodeaban. El Coronel Gastó, conmovido, les grita: "Chilenos, ríndanse! Ríndanse y les perdonamos la vida!". Pero Luis Cruz Martínez, el león curicano, pese a su inexperiencia, es un valiente que no traicionará a su Patria. Siguiendo el ejemplo de Prat, Ramírez, Torreblanca y San Martín, de su Capitán Carrera y sus camaradas ya muertos, no vacila en responder: "Los chilenos no se rinden nunca!". Luego se volvió a sus soldados y les ordenó vigorosamente: "Soldados del Chacabuco, a la carga!".
Ese postrer ataque no fue contra las masas de peruanos, en la plaza del inmortal pueblo de La Concepción, sino contra las legiones de ángeles que guardaban las puertas del Paraíso. Luis Cruz Martínez, esa mañana, logró forzar la entrada y reunirse, ahí, en el Olimpo, con sus camaradas.
Cuando, un par de horas después, arriba el grueso del ejército, mandado por Del Canto, la salvaje carnicería queda al descubierto. En la plaza yacen los cuerpos de soldados y oficiales, horriblemente mutilados y vejados, colocados en posiciones indecentes. También están, entre los muertos, las tres mujeres, y aún los dos niños. La indignación y el odio cunde en los chilenos. Del Canto ordena perseguir a los indios, y exterminarlos ahí donde se les encuentre. El resto del día las fuerzas chilenas se ocuparán en vengar a sus mártires. En la iglesia del pueblo se enterraron los cuerpos. Para evitar profanaciones, fue rociado con parafina e incendiado. De esa manera, sus ruinas protegerían a nuestros héroes en su descanso eterno. Los corazones de los cuatro oficiales fueron rescatados, y preservados para ser enviados a Chile. Hoy reposan en la catedral de Santiago.
El vigoroso ataque se inició con una carga de las masas de indios, que la disciplina militar de los chacabucanos rechazó sin piedad. Luego cargaron los infantes de Gastó, y la batalla se prolongó por horas. Los defensores, pese a las bajas que provocan en el enemigo, lentamente van siendo superados en sus posiciones por la enorme superioridad material de los atacantes. Pero no olvidan sus glorias, ni el batallón al cual pertenecen. El mismo que soportó la parte más dura de la batalla de Chorrillos, el asalto al Morro Solar, donde Carrera participó de la toma sucesiva de siete trincheras enemigas, y después del cual obtuvo una mención especial en la orden del día. En esa batalla, el Chacabuco fue la unidad que más bajas sufrió. Ahora, Carrera Pinto se ve obligado a abandonar las barricadas en las esquinas de la plaza, y busca nuevas posiciones al interior de ésta. Pero muy luego debe ordenar un nuevo repliegue hacia el cuartel y las casas adyacentes, en busca de protección. Es en este momento, mientras el cerco se cerraba cada vez más, en que decide pedir ayuda a las fuerzas de Del Canto, en Huancayo, distante unos veinticinco kilómetros al sur. Elige tres emisarios, y junto a una veintena de soldados, sale del cuartel para despejarles el camino. A duras penas logran abrir una brecha por donde salen los mensajeros. Al intentar volver, Carrera es herido en un hombro. Aún así, no abandona el combate. Al poco rato los chilenos ven que los emisarios han sido muertos, y que los indios los han descuartizado y puesto sus cabezas en las puntas de sus lanzas, que agitan alegre y horriblemente en una danza macabra. Dentro del cuartel, la determinación se torna fanática: se combatirá sin piedad, hasta el último hombre.
Cae la noche y, pese a que las municiones empiezan a escasear, la resistencia no decae. Entonces, los peruanos, que ya han empujado a los chacabucanos al interior del cuartel, los fusilan desde los tejados de la iglesia y las construcciones vecinas. Al no lograr quebrantar la espartana resistencia, deciden prenderle fuego al edificio. Los defensores, ahora, totalmente rodeados y amenazados por las llamas, al mando de su capitán Ignacio Carrera Pinto, practican una salida más para despejar el perímetro. Será la última para el valiente comandante de la 4ta. compañía. Una bala sega su joven vida de 34 años.
Durante la noche, el enemigo intenta abrir forados en las murallas del cuartel, para introducirse por ahí. La infantería chilena tuvo que defenderse con todos sus bríos para poder rechazar los ataques, que provenían de todos lados, en una estrecha construcción que ya ardía por completo. Con los cuerpos de los propios enemigos muertos taponan las entradas abiertas en los muros por los peruanos. Aunque los chilenos lograron conservar su posición, obedeciendo al artículo 21 de la Ordenanza General del Ejército, que impone: "El militar que tuviere orden de conservar su puesto a toda costa, lo hará", sus bajas fueron numerosas. Para complicar aún más las cosas, una de las mujeres que acompañaba a los soldados dio a luz esa misma noche.
Al amanecer ya no quedaban sino unos ocho defensores, más las tres mujeres y los dos niños. El Subteniente Julio Montt había caído. Como reinaba el silencio más absoluto, los peruanos creen que todos los chilenos estaban muertos. Gastó manda a un oficial para que lo comprobara, pero cuando se acerca, un soldado lo mata con la última bala que le quedaba a los nuestros. Esto provoca un furioso ataque, que es respondido por Pérez Canto con un asalto a la bayoneta al mando de los hombres que quedaban. Cuando el enemigo está a unos veinte pasos, salta con los suyos, gritando: "A la carga, valientes del Chacabuco!" El avance logra ralear algo más las filas peruanas, pero el Subteniente Pérez Canto, con un par de camaradas, dejan la vida en el intento.
El Subteniente Luis Cruz Martínez, de sólo dieciséis años, logra refugiarse en el cuartel, ya consumido por las llamas, junto a cuatro soldados. Son las nueve de la mañana del 10 de julio de 1882. Llevan diecinueve horas seguidas peleando, pero su espíritu no ha decaído un momento. Saben que les ha llegado la hora, pero sólo pueden pensar en vender caras sus vidas, y en mantener su dignidad, sin rendirse ni humillar la Bandera. Luego de encomendar sus almas al cielo, y de despedirse de las mujeres, deséandoles la mejor suerte después del combate, carga por última vez. Es una escena asombrosamente increíble: cuatro soldados, mandados por un joven oficial, casi un niño, con nada más que sus bayonetas y un indomable espíritu en ristre, atacando a una turba de miles de indios y centenares de soldados que los rodeaban. El Coronel Gastó, conmovido, les grita: "Chilenos, ríndanse! Ríndanse y les perdonamos la vida!". Pero Luis Cruz Martínez, el león curicano, pese a su inexperiencia, es un valiente que no traicionará a su Patria. Siguiendo el ejemplo de Prat, Ramírez, Torreblanca y San Martín, de su Capitán Carrera y sus camaradas ya muertos, no vacila en responder: "Los chilenos no se rinden nunca!". Luego se volvió a sus soldados y les ordenó vigorosamente: "Soldados del Chacabuco, a la carga!".
Ese postrer ataque no fue contra las masas de peruanos, en la plaza del inmortal pueblo de La Concepción, sino contra las legiones de ángeles que guardaban las puertas del Paraíso. Luis Cruz Martínez, esa mañana, logró forzar la entrada y reunirse, ahí, en el Olimpo, con sus camaradas.
Cuando, un par de horas después, arriba el grueso del ejército, mandado por Del Canto, la salvaje carnicería queda al descubierto. En la plaza yacen los cuerpos de soldados y oficiales, horriblemente mutilados y vejados, colocados en posiciones indecentes. También están, entre los muertos, las tres mujeres, y aún los dos niños. La indignación y el odio cunde en los chilenos. Del Canto ordena perseguir a los indios, y exterminarlos ahí donde se les encuentre. El resto del día las fuerzas chilenas se ocuparán en vengar a sus mártires. En la iglesia del pueblo se enterraron los cuerpos. Para evitar profanaciones, fue rociado con parafina e incendiado. De esa manera, sus ruinas protegerían a nuestros héroes en su descanso eterno. Los corazones de los cuatro oficiales fueron rescatados, y preservados para ser enviados a Chile. Hoy reposan en la catedral de Santiago.
"Muere, pero salva a tu hermano", se dijo alguna vez en una situación parecida. Más allá del honor militar, la resistencia aparentemente inútil de los valientes del Chacabuco prestó un inestimable favor a la retirada del grueso de la I División. Las veinte horas de resistencia y las bajas provocadas en el enemigo clavaron a Gastó y sus tropas en La Concepción, viéndose así imposibilitado de atacar otros sectores.
En el norte, el Coronel Tafur no tuvo éxito en su ataque a Tarma, con lo que la salida a Lima permanecía abierta. En el sur, Cáceres tampoco logró vencer a Del Canto en Huancayo, quien logró salir de la ciudad con su diezmado ejército. Lo que sigue, es una penosa retirada, digna de los Diez mil de Jenofonte, en que, como lo reconoció el coronel Del Canto, el principal obstáculo no fue el enemigo, sino los elementos. A finales de ese mes de julio estaban de regreso en Lima. La misión estaba cumplida: el Ejército del Centro se había salvado.
Cuando, exactamente un año después, las fuerzas de Cáceres fueron finalmente sorprendidas en Huamachuco, y vencidas en la batalla por Gorostiaga, no hubo piedad con los abundantes prisioneros. Entre ellos estaban los asesinos de Carrera Pinto y sus hombres, los responsables de esa salvaje masacre.
Cuando, exactamente un año después, las fuerzas de Cáceres fueron finalmente sorprendidas en Huamachuco, y vencidas en la batalla por Gorostiaga, no hubo piedad con los abundantes prisioneros. Entre ellos estaban los asesinos de Carrera Pinto y sus hombres, los responsables de esa salvaje masacre.

1 comentario:
Güeno tu blog, loco.
Peña toqui Huaiquileo
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