lunes, 2 de julio de 2007

CHILE, NACIÓN VERNÁCULA

Es un error identificar a Chile, como idea, con las tribus de indios que vivían aquí hace más de cuatro siglos. O supina ignorancia. Incluso sostener que nuestra Nación es la continuación histórica de aquellas hordas, como perfectamente puede decirse de Inglaterra con respecto de los sajones y los anglos, de Italia con los romanos, y de Alemania con los germanos. El rubio abogado que hoy vemos caminando por Fleet St. es el mismo bárbaro que hace quince siglos quemaba iglesias y asesinaba monjes en sus depredaciones a lo largo del Támesis.

ANTECEDENTES RACIALES DEL PUEBLO CHILENO

En el caso chileno, tenemos dos aspectos del asunto: el racial y el cultural. En cuanto al primero, nuestro Pueblo, hoy, claramente es un mestizaje predominantemente blanco. ¿Qué tanto? Depende de la clase social a la cual nos refiramos. Pero a nivel general, nacional, podemos establecer que todos los chilenos –excluyendo tal vez a algunos pocos miles de aymarás perdidos por las regiones andinas del norte, y los pascuenses- tienen en sus venas sangre europea, muy principalmente española. Puede que otros individuos, más o menos aislados, o algunos grupos, como judíos y palestinos, también escapen a esta premisa, pero son más bien la excepción a la regla, y no influyeron en la constitución de nuestro Pueblo. Como cifras aproximadas, podemos adoptar las siguientes proporciones en nuestra constitución racial: un grupo europeo puro del 3% del total de la población; otro, europeo con sangre indígena ya muy lejana o imperceptible, 30 % del total; un sector con aportes aún predominantemente europeo, pero con evidente influencia amerindia, 40 %; y un último grupo con preponderancia genética indígena, pero todavía con apreciable cantidad de sangre blanca, que representaría algo así como el 25% de nuestra población.
Esta realidad de un mestizaje predominantemente blanco nos diferencia de nuestra matriz paterna, España, y de América Latina. En Chile suele omitirse la herencia indígena, que sin embargo salta a la vista por todos lados. Para quienes suelen representarse a Chile de esta manera, seríamos algo así como un pequeño país europeo perdido en el sur de América, unos expatriados entre la cordillera y el mar. Exageran, incluso, algunas características nórdicas de nuestro clima, resistiéndose a aceptar lo evidente, que vivimos en una zona mediterránea –hablo del Chile antiguo, tradicional, del que va de La Serena a Concepción, que fue el que modeló nuestra idiosincrasia.
Por el otro lado, se desconoce el aún más indiscutible aporte europeo. Se habla de “mapuches”, cuando claramente puede verse en ellos a individuos mestizos, no pocas veces de herencia mayoritariamente española.
A diferencia de lo que ocurre en casi toda América Latina, Chile tiene, en líneas generales, una raza homogénea: ciertamente mucho más blanca en las clases superiores y aún en las medias, pero, a nivel nacional, básicamente una y mestiza. En países como Perú, Bolivia, México o Ecuador, suelen verse dos grupos. Uno, ampliamente mayoritario, indio, y otro, muy reducido, europeo, básicamente español. Estos segmentos, por estructura cerebral, son totalmente diferentes y absolutamente incapaces de verdadero entendimiento y solidaridad. Desde luego, también existe entre ellos el mestizaje, pero no está tan extendido como en Chile, y el aporte europeo en él es mucho menos importante. De ahí la debilidad de las clases medias en esos países. Argentina y Uruguay son, racialmente, realidades que bien podrían considerarse europeas. La Enciclopedia Británica daba, para Argentina, hace unos ochenta años, un 80% de sangre de tal origen. La inmigración, principalmente italiana, cambió radicalmente la estructura racial de ese país en muy pocos años: entre 1900 y 1920 entraron a Argentina 3 millones de italianos, a una población más o menos equivalente, tal vez algo menor.
En suma, genéticamente, Chile no es un país europeo ni indígena, sino mestizo. Como slogan, podríamos adoptar “Chile es chileno”. Ni españoles, pese a que ellos nos hayan dado el ser, ni latinoamericanos, con quienes, pese a todo, tenemos tanto en común.

UN POCO DE HISTORIA

Para comprender íntimamente nuestro ser tendremos que recordar algunos de los hitos más importantes de nuestra historia colonial. Al llegar Valdivia, el Conquistador, a lo que después se entendería como Chile, los españoles se encontraron rodeados por unos 800 mil indígenas, que pese a hablar la misma lengua, el mapuche, jamás formaron, ni se vieron a sí mismos como parte de, un Pueblo. Eran, sencillamente, infinitud de tribus, independientes y ajenas unas de otras, e incluso frecuentemente en guerra entre sí. Los araucanos, incluso, eran un grupo exógeno, un invasor extranjero totalmente ajeno a los indios con que se toparon los Conquistadores en la zona central y al sur del Toltén. Se instaló en su lugar de asentamiento, que hoy pasa por secular, la Araucanía chilena, apenas unos cincuenta años antes de la llegada de Valdivia, proveniente de las llanuras que al presente forman la Patagonia argentina. Fue tanto o más invasor que el español, usurpó más tierras, probablemente mató más, y robó más mujeres a los vencidos que el castellano.
Tan poca solidaridad había entre las diferentes tribus de indios, que el triunfal asalto de Lautaro a Santiago, en 1564, fue abortado gracias a la ayuda de los picunches aliados a los españoles. Fueron estos indígenas quienes sorprendieron el refugio del caudillo mapuche, y quienes se lo comunicaron a sus “opresores”. Juntos exterminaron a la banda de guerreros araucanos ahí sorprendidos y a su mítico líder. Los indios amigos, entre los cuales muchas veces se incluían mapuches, marchaban junto a los Conquistadores en todas las expediciones militares que éstos llevaron a cabo en la Araucanía por más de cien años. Especial afición tenían los picunches a estas campañas, donde a menudo podían matar, robar y secuestrar mujeres a su antojo.
El mismo Pueblo mapuche nunca formó una Nación. Ni fue una unidad política. Ante la invasión española, las diferentes tribus vieron estimulada su solidaridad racial y se unieron ante el peligro común, deponiendo sus usuales guerras entre ellos mismos, como lo hicieron las hordas célticas en Inglaterra cuando Julio César desembarcó en los blancos acantilados del Canal de la Mancha, exactamente por el tiempo necesario para conjurar la amenaza. Una vez desaparecida ésta, volvían a su vida independiente y atomizada. Las iniciativas mapuches de involucrar a los otros indios en una guerra común contra el intruso no siempre tuvieron éxito.
El español conquistó rápidamente, y para siempre, al indio picunche que vivía en la zona central. Después de la derrota de Michimalonco en la plaza de armas de Santiago, en septiembre de 1541, veremos a este importante caudillo, acompañado de sus guerreros, demostrar particular valor en las campañas de los castellanos en el sur. El natural que vivía entre el Maule y el Bio-Bío, también, pese a sangrientos levantamientos rápidamente sofocados, fue sojuzgado muy temprano en nuestra historia. El mapuche rechazó la invasión europea con particular valor y habilidad, tanto táctica como, cosa sorprendente en grupos de su desarrollo cultural, estratégicamente, hasta que logró, a principios del s. XVII, el retiro casi total de los españoles de sus territorios. Los huilliches, indios que vivían en la actual región de Los Lagos, pese a haber sido fácilmente vencidos por Valdivia, se aprovecharon de la gran rebelión mapuche de 1598, y lograron así ganar su independencia, que conservarían, en mejores o peores condiciones, por centenares de años, hasta la plena incorporación de su territorio a la República en el s. XIX.
De esta manera, desde el desastre de Curalaba de 1598-99, tenemos el actual territorio que forma Chile partido en dos. De La Serena a Concepción se asienta la civilización española, sostenida por un número ridículamente corto de hispanos –para 1600, unos dos mil individuos, casi todos hombres-, abarcando una masa de indios rápidamente decreciente, debido a las guerras, las enfermedades, el mestizaje; y un grupo de mestizos cada vez mayor, muchos de ellos ya españolizados. Esta matriz, todavía compuesta principalmente por dos influencias irreductibles entre sí, la europea y la indígena, es la base del Pueblo chileno actual. A lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX se irá homogeneizando, haciéndose cada vez más europea cultural y genéticamente. El elemento racial indio terminará por desaparecer en la República, en un lento e inexorable proceso iniciado desde que Valdivia puso pie en nuestro territorio, producto de las epidemias, las guerras, la destrucción de su medio cultural ancestral, y, lo más importante, a través del mestizaje. Donde en 1541 había un español frente a un indio, en 1891 ya había dos mestizos, dos chilenos.
Al sur, en la Araucanía y en Los Lagos, existe, en 1600, una masa de indios mapuches y huilliches rebelados contra los conquistadores. Vivirán, en lo medular, una existencia independiente del resto del país. Nada tendrán que ver con el nacimiento del Pueblo chileno, salvo para influir exteriormente en su desarrollo, a través de las invasiones o incursiones, los malones, que suelen llevar a cabo, sobre todo durante el s. XVII. Serán incorporados finalmente recién a finales del s. XIX. Haciendo un paralelismo, su situación es más o menos la de Escocia con respecto a Inglaterra, desde la época de William Wallace, en el s. XIII, hasta la incorporación de aquélla a ésta a principios del XVI.
CONCLUSIONES

De esta manera, Chile, como idea, es originalmente ajeno, por completo, a los mapuches. Éstos, aún en su relativo aislamiento, fueron influenciados por los españoles y después por los chilenos coloniales; y alterados genéticamente por el mestizaje indiscriminado que se produjo con otros pueblos indígenas, con los mestizos chilenos, y con los españoles. Pero no ocurrió al revés. El ingrediente cultural autóctono incorporado a la Nación chilena, bastante menor que el aporte racial, proviene básicamente de los picunches. Tan ajenos fueron los araucanos a Chile, que durante la independencia unirán los esfuerzos de sus tribus, ya muy mestizadas, a las armas del Rey de España… Curiosa ironía, que no dijo nada a los revolucionarios patriotas al momento de identificarse con unas hordas de bárbaros que nunca cesaron de combatir y asesinar a sus propios abuelos, e incluso a sus padres; y permanecer obstinadamente refractarios y hostiles a la nueva cultura que se iba creando al norte del Bio-Bío, dirigida por los españoles, pero llevada a cabo, cada día más, por chilenos.
Lo que empezó, en diciembre de 1540 como un grupo de 150 españoles acompañados por algunos miles de yanaconas, devino, con el curso de los siglos, y a través de mil influencias diversas, en una entidad nueva, que llamamos Chile. ¿Cuándo nace nuestro país? Es imposible dar una fecha exacta, ni un año determinado, pero es evidente que existe ya a mediados del s. XVIII. Como las tribus célticas que poblaban Inglaterra un día se vieron informando una cultura romana, el antiguo indio que recibió a flechazos al español en las márgenes del Mapocho o del Cachapoal, dos siglos después aportaba, por decir algo, las tres cuartas partes, la mitad o la quinta parte, dependiendo del caso, de la sangre que corría por las venas de un inquilino de fundo chileno en alguna parte del país, y buena proporción de sus costumbres. Junto con esta lenta pero segura absorción de los elementos indígenas, sucedía lo mismo, pero con mucha mayor profundidad, con los aportes españoles. Un dato estadístico nos ilustra claramente la idea de la progresiva chilenización de la sociedad española establecida entre La Serena y Concepción: el ejército “español” en Chile, a fines de la Colonia, estaba compuesto por una mitad de criollos, en el caso de los jefes, una mayoría, para el de los oficiales, y, para los sargentos, cabos y soldados, por casi la totalidad.
Durante la República, en el s. XIX, los mapuches y huilliches terminaron de ser incorporados a la raza chilena y a la idea nacional. Fue, ante todo, una conquista. Referirse a los indios, en este caso y en los otros, como “nuestros antepasados”, es una aberración. La única herencia realmente relevante que recibió el Pueblo chileno por parte de los indígenas fue la racial, y aún así es evidente que la que le fue transmitida por el conquistador español fue cuantitativamente más importante. Desde luego que mapuches y huilliches son, histórica y sociológicamente, muy importantes para nuestro pueblo y su historia, desde fuera, hasta el s. XIX, y desde adentro, desde entonces. Pero entraron a formar parte de Chile por adición a una entidad ya existente y claramente definida, sin representar, para nada, el papel de generador. Lo he repetido tal vez demasiadas veces. Las verdaderas raíces del Pueblo chileno las hallaremos en los conquistadores españoles y en los tempranamente vencidos indios picunches que habitaban la zona central.
A nadie se le ocurriría presentar a los pascuenses como antepasados de nuestra Nación. Pienso que está claro que son un grupo extranjero anexado por Chile en 1888. Lo mismo, pero ampliado por mil, y haciendo cien salvedades muy oportunas, ocurre con los mapuches: un grupo foráneo obligado, por la fuerza de las armas, a incorporarse a la República. Como los aymarás, chilenos por conquista.
La cultura chilena, creada en lo fundamental durante los siglos XVI, XVII y XVIII a partir del grupo español, indígena y criollo en la zona central es una esencialmente española. Las ideas, las costumbres, las aspiraciones, el comportamiento, son claramente hispánicas. Con el correr de los siglos XIX y XX, las influencias indígenas van a quedar reducidas a la anécdota, y se fortalecerán mucho las europeas, de la mano de la inmigración, especialmente francesas, alemanas, italianas e inglesas. En los últimos años Chile recibirá alegremente, como todo el mundo, una amplia influencia norteamericana. El aporte principal de los indios, ya desaparecidos como tales, y devenidos en mestizos, o muertos por las epidemias y las guerras, hoy, se reduce a lo racial. En este sentido, incluso la influencia mapuche y huilliche conserva una enorme relevancia. La Frontera nunca fue efectivamente cerrada a las incursiones de las tribus bárbaras al norte del Bio-Bío, ni a las expediciones de castigo subsecuentes llevadas a cabo por chilenos y españoles al sur. Estas acciones de guerra llevaban anexa un activo intercambio sexual en ambos sentidos, que blanqueó mucho la herencia racial de los indios. Pese a lo anterior, al incorporarse plenamente a la República, los territorios del sur aportaron a Chile un grueso contingente de indios y de mestizos con sangre predominantemente autóctona. Sus bisnietos son los que hoy pasan, para el desprevenido ciudadano común, más atento al último escándalo de la vedette de moda y siempre permeable a la consigna más que inclinado a una sana independencia de juicio, como herederos directos de Lautaro y Caupolicán, cuando lo mismo podrían considerarse -y sangre no les faltaría para afirmarlo- de Valdivia, Alonso de Ribera o Villagra.
Ver, hoy, en los mestizos de influencia mapuche, que son todos los 600.000 que pasan por la población “indígena” y “autóctona” de Chile, es más burdo que si, llevándonos por el apellido, creyéramos auténtico galés a Patricio Aylwin, o francés genuino a Augusto Pinochet. El “Pueblo” mapuche actual no es más que un grupo de chilenos con diversa proporción de sangre araucana en sus venas. Y está comprobado que por la de todos y cada uno de ellos corre sangre española, frecuentemente en nada despreciable cantidad. Dato irrelevante, por lo demás: basta observar sus rostros para notar la evidente influencia europea en todos ellos. Algunos están más cerca del nivel racial de hace cuatro siglos que otros, pero todos ellos han sido mestizados por centenares de años de amplios contactos sexuales no tan solo con españoles y criollos, sino también con huilliches y cuanto indio se cruzó por delante de un araucano. Si la atenta observación de sus fisonomías no nos bastara para aceptar lo evidente, nos debería sobrar con notar la enorme diferencia sicológica y mental existente entre un mestizo chileno de origen mapuche de hoy, que va a la escuela, que trabaja de lunes a sábado, que cumple con su servicio militar, que se bautiza, se casa y asiste a la iglesia, que incluso estudia carreras superiores en la universidad, con los salvajes que enfrentaron a Valdivia, totalmente refractarios a la civilización. Con el abismo que media entre los guerreros de Lautaro, y las tribus que se someten dócilmente a Urrutia el siglo antepasado.
¿Dónde quedó ese valor proverbial, esa imaginación militar que no dejó de sorprender a los veteranos de las guerras de Europa, que habían aprendido el oficio en los Tercios españoles, el mejor ejército del mundo de la época? ¿Dónde fueron a parar todas las singulares características de la raza? Sencillamente desaparecieron junto al Pueblo que las desarrolló. Se perdió parte de todo aquello en los campos de batalla de la Araucanía, en los lechos de las indias poseídas por los soldados en sus campañas, y en los de las numerosas españolas secuestradas por los bárbaros. El resto, se incorporó a la Nación chilena conquistadora, enriqueciéndola y fundiéndose con ella hasta formar una perfecta unidad.
Es, así, nuestro Chile una Comunidad Nacional única y singular, hija de España y de América, pero que no se confunde con ninguna de ellas. Debemos convencernos, de una vez por todas, de esta verdad, y terminar de mirar hacia lo extranjero, de buscar soluciones en la servil imitación del modelo en boga. Sólo en nuestras raíces, en el verdadero amor por lo propio, encontraremos la llave para explicarnos nuestro ser y encontrar nuestro destino.

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