viernes, 14 de septiembre de 2007

SOMOS TODOS CULPABLES


En las noches de Halloween los muertos, en las verdes colinas de Irlanda, salen de sus tumbas a atormentar a los vivos; en las noches del 11 de septiembre y similares, los criminales, los delincuentes, aquellos que han pasado decenas o centenares de veces por la puerta giratoria, salen de sus guaridas para demostrar su descaro, para desafiar a la sociedad. Esto es lo que tenemos que tener claro: esa turba es enemiga de la sociedad. No son activistas de izquierda ni terroristas, son simples delincuentes, la escoria. Como lo dijo muy bien Soledad Alvear, no tienen ninguna excusa ni económica, ni social, ni política. Son antisociales, pura y simple basura.
Nuestra respuesta debe ser durísima, de lo contrario vamos a perder esta batalla. Antenoche los carabineros, ante las balas de la horda, tuvieron que arrancar, cediendo el campo a los criminales. Los pobladores fueron dejados sin protección. La sociedad fue vencida.
¿Qué permite esto? Es fácil culpar al gobierno o a los “políticos”, pero aquí somos todos culpables. No olvidemos que, sobre todo en esta época, el poder viene de abajo. El ambiente cultural determina el actuar de la política. Si una corriente de base señala, exige un camino, los políticos se verán obligados a seguirlo.
Frecuentemente se oye ensalzar exageradamente la paz. De tanto abominar de la fuerza, se ha creado un ambiente en el cual ya los carabineros no pueden defenderse a balazos cuando esa horda de orcos los atacan a balazos. Si así lo hicieran no tardarían en aparecer los abogados, los periodistas, los familiares, los sacerdotes, todos invocando los sagrados principios, la democracia, la paz, los derechos humanos. Lo que es más grave es que esta enfermiza intervención hallaría amplio eco en la población, la misma que se ve amenazada a diario por unos pocos miles de hampones alzados. ¡Basta! La ley, la justicia, el orden, la decencia, los derechos de la comunidad por sobre los del mero individuo, deben volver a ser proclamados y defendidos. ¿Cómo? Creando las bases culturales que permitan una reacción: las leyes necesariamente siguen los paradigmas prevalecientes. Y esto es tarea de todos. Desde el candidato que votamos hasta el chiste con que reímos, el comentario que le hacemos al vecino, o el programa de televisión que sintonizamos en la noche. Nada es irrelevante: quien desprecia lo pequeño, poco a poco se precipitará. El cambio más grande se inicia con los gestos más insignificantes.
¿Estamos dispuestos, como sociedad, a contraatacar? ¿Tenemos la dureza necesaria, o a la primera dificultad nos ladrarán los perros del infierno? Esto significa aceptar ciertos excesos policiales. O cohonestamos algunos exabruptos de los carabineros, o aguantamos los de los delincuentes. Lamentablemente no hay otro camino. El equilibrio perfecto es el ideal, pero no existe en la realidad.
Todos hemos construido esta situación. O actuando, o tolerando. Nadie puede eludir su responsabilidad.

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